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Steve McQueen, nacido en 1969 en Ealing (Inglaterra), estudió Arte y Diseño en el prestigioso Chelsea College, formación que continuó en el Goldsmith’s College, donde descubrió su pasión por el cine. Después de abandonar voluntariamente la Tisch School de Artes de Nueva York, comenzó su carrera como artista audiovisual. Su primer trabajo destacado fue el cortometraje Bear (1993), protagonizado por el propio McQueen. Su nombre empezó a cobrar fuerza en los círculos de arte y varias galerías exhibieron sus filmaciones. En concreto, fue con Deadpan (1997) y Drumroll (1998) con las que consiguió el reconocimiento internacional, cristalizado en forma del célebre Turner Prize que la Tate Gallery le otorgó por sendos trabajos.

mcqueen_deadpan_02_lMcQueen, director y protagonista de Deadpan (1997)

El director británico cuenta entre sus influencias con Andy Warhol, Jean-Luc Godard, Buster KeatonDeadpan es la recreación de una mítica escena de una de sus películas —  y la televisión británica, en concreto los documentales de vida salvaje.

“La televisión estaba encendida todo el tiempo (durante mi infancia). Era como una chimenea. Fue como me educaron.” Steve McQueen

Con sólo dos largometrajes, Hunger (2008) y Shame (2011) — el tercero, 12 Years A Slave (2013) llega a las salas de nuestro país este viernes — , McQueen, transgresor y audaz, ha logrado que su firma quede grabada a fuego en cada uno de sus planos, ayudado de dos componentes sin los que no podríamos concebirla: las interpretaciones de Michael Fassbender y la fotografía de Sean Bobbitt. Puede que sea fruto de sus inicios en el arte experimental, lo que le ayuda a filmar con una libertad que algunos cineastas contemporáneos parecen haber olvidado, o quizá, simplemente, que en esa línea haya encontrado su yo en el séptimo arte. Un yo único, tan perturbadamente atractivo como sus personajes, que hace que esperemos impacientes su última creación.

Primer asalto: Hunger (2008)

Las películas de Steve McQueen duelen. Los fotogramas se suceden cual sacudidas que nos devuelven a la realidad. Y Hunger, su ópera prima, es prueba de ello. Sin entrar a hacer una valoración política — ni McQueen en la cinta, ni mediante estas palabras —, nos encontramos una historia que cuenta hechos verídicos: las atrocidades que se cometieron en la prisión de Maze en Belfast (Irlanda del Norte), a principios de los 80. Al director británico no le interesa contarnos lo que cualquiera puede encontrar con sólo entrar en Google, o en una biblioteca, sobre la historia de la nación irlandesa dividida, sino mostrarnos un fragmento de la vida de las personas tras los hechos. McQueen construye este film a través de tres personajes: un inglés policía de prisiones (Stuart Graham), dos presos del IRA (Brian Milligan y Liam McMahon), y el protagonista del tercer y crucial acto, Bobby Sands, interpretado por Michael Fassbender. Sands fue el primer miembro del IRA, condenado a prisión por posesión de armas de fuego, que murió en huelga de hambre, convirtiendo su muerte en emblema de la lucha por la independencia de Irlanda.

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Ésta sería la primera colaboración entre el actor y el director, mediante la que Fassbender consiguió la atención de la crítica internacional, en una de las mejores interpretaciones de la década. No sólo por su increíble compromiso con el papel, al perder casi 20 kilos para meterse en la piel de Sands, sino porque su actuación en los últimos momentos de vida del irlandés es digna de pura admiración.

“Nadie sabía quién era Michael entonces, y recuerdo que le dije al equipo: ‘Todos los que estamos aquí en algún momento de nuestra vida diremos: Yo trabajé con Michael Fassbender”. Steve McQueen

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McQueen utiliza a Fassbender como un lienzo sobre el que dibuja los horrores del trato en la prisión, del hambre, y el idealismo de un hombre, que no se deja doblegar por nada. Ni siquiera por la persistencia de la primera ministra, Margaret Thatcher, en no retractarse de su férrea convicción de considerar a los presos del IRA como criminales comunes y no presos políticos, como habían sido tratados hasta entonces.

Hunger es un filme perturbador, provocativo y vanguardista. Los planos de los reclusos y de la prisión fascinan a la vez que horrorizan. McQueen se atreve con ángulos que nos hacen sentirnos tan cerca de Sands como si estuviéramos junto a él en Maze, nos transportan hasta su miseria y su realidad. El ritmo lento, los largos silencios, y la combinación de una cámara que juega con el espacio a la vez que actúa como mera observadora de los personajes, contribuyen a dotar al filme de un aire trascendental.

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Una mezcla de lo físico — las palizas, la suciedad, la sangre — con lo metafísico. En los últimos días de Sands, la cámara y la sobrecogedora expresión de Fassbender, nos hacen partícipes de cómo la vida se le escapa, lentamente, como si abandonase el cuerpo de un moribundo personaje de El Greco. McQueen retrata al hombre de veintisiete años que, al final de la huelga de hambre, consiguió, increíblemente, ser elegido como miembro del Parlamento Británico.

Una de las escenas más poderosas del filme es la conversación que mantienen Sands y un cura, interpretado por Liam Cunningham. Más de diez minutos de diálogo, sostenido por un plano de ambos sentados alrededor de una mesa, frente a frente, que no se corta; y que McQueen aprovecha, sin entrar en los detalles sobre la ideología del personaje, ni posicionar la balanza a su favor, o en su contra, para preguntar cuál es la utilidad de su acto. ¿Vale la pena la vida de un hombre por la política? McQueen lanza la pregunta al espectador, para, como en su posterior trabajo, hacer que lo que estamos viendo no sea una fútil obra de arte, sino que tras la bella crudeza de lo que nos muestra, las reflexiones, las emociones, nazcan a flor de piel.

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“Tengo mi creencia y en toda su simplicidad es la cosa más poderosa”. Bobby Sands, Hunger.

Además de una larga lista de premios obtenidos en todo el mundo, McQueen se irguió como uno de los directores noveles más prometedores gracias a alzarse con la Cámara de Oro en Cannes, el premio al Descubrimiento del Año en los Premios Europeos del Cine y el premio al Mejor Director Debutante en los BAFTA.

El abismo interior: Shame (2011)

Los personajes de McQueen son complejos, y por ello reales. Sufren de condiciones extremas y eso hace que, aunque no representen al común de los mortales, los veamos pasar por un abanico de sensaciones que alguna vez hemos experimentado. Podemos ponernos en su piel. Son la máxima representación del ser humano en todas sus facetas, de sus pasiones, fobias, obsesiones, desgracias.

“Estoy interesado en la vida: lo que uno hace y cómo uno interactúa.” Steve McQueen

Sabemos que padecen y les acompañamos en su descenso a los infiernos. McQueen nos expone a la violencia, el sexo, y la autodestrucción de una forma increíblemente verosímil. Como si pudiéramos observar durante un corto período de tiempo el día a día de esas personas. Colarnos en la prisión de Maze, o en el piso de Manhattan donde transcurre en gran parte Shame. Participamos del acuerdo tácito que brinda McQueen al espectador de que lo que estamos viendo es real, y mantiene nuestra atención. Por eso nos retorcemos en nuestros asientos, o nos quedamos perplejos. Porque hay veces que las películas de McQueen nos dejan en el mismo estado de shock que las noticias trágicas, ésas que no te hacen llorar hasta que tu organismo asimila lo ocurrido. Es entonces cuando, como una semilla implantada en nuestro interior, comienzan a surgir las reacciones. Los personajes se quedan señalados en nuestra piel, como la marca del cuerpo de Fassbender sobre las sábanas azules en el plano fijo con que abre esta cinta. Bobby, Brandon, Sissy. Todos ellos dejan huella.

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“En Shame, Brandon es un hombre atractivo, tiene un buen trabajo, le pagan bien, tiene todas las libertades y todas las posibilidades que pueda desear. Y en esta situación se pone en una prisión. Obviamente es diferente de Bobby Sands, quien estando encarcelado en una prisión de máxima seguridad, dentro de esa situación, encuentra su propia libertad. Es todo lo contrario. Los dos usan su cuerpo para hacer eso. Uno se encarcela a través de la actividad sexual, mientras el otro se libera absteniéndose de comer.” McQueen, en una entrevista concedida a David Gritten de The Telegraph.

McQueen ha querido retratar los peores estados de la condición humana en tres escenarios: la cárcel en Hunger, la habitación de Nueva York donde se encierra el adicto en Shame, y por último, la plantación donde el hombre libre es convertido en esclavo en su nuevo trabajo. En Shame miramos al abismo de ese hombre que describe McQueen, y al que da vida con maestría Michael Fassbender. Su impactante actuación le valió merecidas comparaciones con el Brando de El Último Tango en Paris (1972), no sólo por la temática, sino por la fuerza de la misma. Obtuvo la preciada Copa Volpi al Mejor Actor en Venecia, así como una nominación a los Globos de Oro, que debería haberse tornado en galardón o estatuilla de la Academia. Pero ya sabemos cómo se las gastan “the Americans” con ciertas películas para mayores de dieciocho años.

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Un abismo del que el propio Brandon Sullivan no sabe salir. Le vemos sufrir, tratar de acabar con todo, en un acto iracundo, cuando tira a la basura su portátil y todos los vídeos pornográficos que esconde en su piso; o cuando forcejea con Sissy por evitar que le recuerde sus problemas. Incluso le vemos sufrir cuando alcanza el orgasmo. Un orgasmo que en vez de satisfactorio, se presenta como el desenlace de una agonía. El hombre dominado por su impulso. Como el adicto a las drogas, no es capaz de abandonar aquello que momentáneamente le proporciona satisfacción, pero que después de la subida le deja sumido en un estado miserable.

Hay un momento en el que Brandon parece tener intenciones de abandonar sus hábitos y comienza a ver a una compañera del trabajo. Esta relación saca a relucir su incapacidad de mantener relaciones fuera de sus encuentros sexuales de una noche, o de los programados con profesionales. Esta coyuntura con Marianne (Nicole Beharie) nos deja una interesante escena en un restaurante, que fluye con la naturalidad de esa incómoda primera cita en la que uno no sabe muy bien por dónde empezar; y en la que transcurre un diálogo que plasma la personalidad de los personajes, a la vez que analiza las relaciones de una forma tan sencilla como efectiva:

“Brandon: Simplemente, no entiendo por qué la gente querría casarse. Sobre todo hoy en día. Quiero decir, es… ya sabes… no le encuentro el sentido.

Marianne: ¿A las relaciones?

Brandon: No me parece realista.

Marianne: (Risas) Bueno, entonces, ¿para qué estamos aquí, si no nos importa el otro? ¿Por qué estás aquí?

Brandon: Se supone que la comida es muy buena. (Risas) No, no, no, no. No me refiero a eso. Quiero decir, ya sabes… ¿una persona para el resto de tu vida? Vienes a los restaurantes, ves a parejas sentadas juntas y ni siquiera se hablan. No tienen nada qué decirse, no tienen nada.

Marianne: Probablemente no hablan entre ellas porque están conectadas.

Brandon: O simplemente están aburridas la una de la otra.”

El mundo de Brandon se confina a sus flirteos, el sexo, sus viajes en metro, su oficina, las paredes frías de su apartamento, y las calles solitarias del alto Manhattan por las que corre de madrugada, huyendo de sus propios pensamientos. Un Nueva York que descubrimos junto a él, en medio de noches iluminadas por las piezas instrumentales de Bach y de Harry Escott, el jazz de Coltrane y Chet Baker, o los hits ochenteros de Chic y Blondie. La paleta de colores fríos con los que McQueen retrata la ciudad se suceden como la exteriorización del estado de ánimo de sus protagonistas. Ese estado de aislamiento y soledad que experimentan algunas personas en las grandes ciudades como Nueva York.

El peso del pasado

¿No crees que eso es triste? Eres mi hermano.” Sissy a Brandon.

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Brandon raramente sonríe. Sólo en un par de escenas con su hermana, Sissy. La interpretación de Carey Mulligan, además de aportar ese breve soplo de alegría y frenesí a la película, es una pequeña joya dentro de Shame. Es el perfecto contrapunto para Fassbender. Su look de ingenua femme fatale  como la hubiera bautizado Lou Reed si se la hubiera cruzado por el Village , recuerda a Edie Sedgwick, con su abrigo de leopardo, los sombreros ostentosos, y el pelo corto platino. Igualmente, como la malograda musa de Warhol, quiere ser artista en el caso de Sissy, cantante y tiene un catastrófico historial con los hombres. La emotiva interpretación de Mulligan de una canción que hemos escuchado cientos de veces, “New York, New York”, es una de las maravillas de la película. Una canción melancólica que muchas veces sólo ha sido tomada como “oda a Nueva York”, cuando en realidad es el relato de un alma errante que busca encontrar mejor fortuna, que la obtenida hasta entonces, en la ciudad del Hudson. Esta versión cobra aún más sentido durante el segundo visionado del film, o al propio final de éste, cuando hemos conocido en mayor profundidad al personaje, y entendemos por qué lloraba su hermano al escuchar a la pequeña entonar esa letra. Lágrimas que, en los ojos cristalinos hasta entonces impertérritos de Fassbender, son capaces de conmover.

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Pero McQueen no busca la lágrima fácil. Como el director inteligente que es, junto a su co-guionista Abi Morgan, no nos acaba de contar qué esconde esta pareja de hermanos. Sus personajes están creados a base de pinceladas que debemos ir uniendo en nuestra mente. Tampoco busca aquí, como ya hizo en Hunger, un retrato moralista, sino que simplemente nos los presenta con sus defectos y sus virtudes. Más defectos que virtudes, pero quizá no propias, sino por las circunstancias. Víctimas de su pasado.

“No somos malas personas, sólo venimos de un mal sitio”. — Sissy a Brandon, Shame.

Hay una escena maravillosa que abre con esa frase saliendo de los labios de Sissy. Su voz suena en el contestador del móvil de Brandon, rota, desconsolada. Brandon no atiene su llamada. El deseo tiene más peso en su interior: una cita improvisada de madrugada con dos mujeres. La voz de Sissy da paso a la música, único sonido que acompaña a los cuerpos que capta McQueen. Las dos mujeres se funden con Brandon en un baile lascivo, como las serpientes que devoraban a Laocoonte y sus hijos. El primer plano que resiste estoicamente Michael Fassbender, entre el éxtasis y la agonía, muestra como el personaje sabe que está perdido. Cuanto más mira en el abismo, más cerca está del fondo. Sabe que sólo está calmando una sed que nunca acabará de satisfacer. No hay salida para él. Golpeado, vejado, con el sudor frío en su frente y el olor a sexo en su ropa, patentes en el rostro del actor como una parte intrínseca de su ser, vuelve a casa, contagiándonos de su desesperación. Igual que la que sentimos cuando le vemos caminar lentamente por el muelle y derrumbarse ante la cámara.

“La gente siempre habla de las escenas largas. No es un artilugio o truco que quiero utilizar, se trata de hacer lo necesario. ¿Por qué cortar? Si coges un primer plano y lo que consigues es increíble, quédate con él, míralo. Es conseguir lo que realmente funciona. Se trata de que sea emocionante. Eso sucedió en el tiempo real y es emocionante. Muestras a la audiencia una situación que parece real.” Steve McQueen

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La fuerza de las películas de McQueen recae precisamente en esas escenas. No sólo por los maravillosos ángulos que capta su cámara, junto a la gran fotografía obra de Sean Bobbitt, sino por saber sacar rendimiento a sus actores. No le tiembla el pulso a la hora de exprimirlos al máximo, de llevarlos a la extenuación. Los actores se funden con las imágenes de las habitaciones, las vistas de la ciudad, los colores que los envuelven. Los primerísimos planos de Michael Fassbender o Carey Mulligan han sido unos de los mejores momentos del cine de la última década. McQueen está tan interesado en sus personajes que no tiene reparos en mostrarlos hasta al desnudo. Pero no sólo el físico, tan sorprendentemente polémico en pleno siglo XXI, sino el emocional, el interno. El que duele.

Sobre El Autor

Encargada de adentrarnos en la psique de los cineastas malditos y fundadores de la Nouvelle Vague, también nos acerca a la música de influencia británica y francesa. Soñadora, rebelde y decadentista, es un hervidero de citas y referencias.

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