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Aquel 22 de junio del 2008, la selección española de fútbol derrotó a Italia desde el punto de penalti y, como si una vajilla de porcelana se precipitara desde un sexto piso, destrozó de sopetón todas las maldiciones que asolaban a La Roja desde el origen de los tiempos. Como todos sabemos, se proclamó vencedora del torneo y marcó el inicio de lo que, hasta día de hoy, sigue siendo la generación más prolífica de toda su historia. Seguramente, si disfrutas del buen fútbol o de cualquier deporte en el que el representante nacional sea como mínimo, competitivo —si dejamos de lado el atletismo y algunos deportes principalmente yankees—, puedes acompañar la tarde frente al televisor con alguno de los platos típicos de nuestra bien valorada gastronomía. Dependiendo de dónde te encuentres puedes disfrutar de un simple pero delicioso pa amb tumaca, degustar unos camarones, un pulpo a feira en su punto o hacerte una tarde de pintxos con los amigos. Si nos deshacemos de la etiqueta de vagos, borrachos y maleantes, encontramos que las tradiciones hispanas están muy bien valoradas no sólo en el exterior, sino también por nosotros mismos.

Pero cuando nos inmiscuimos en aspectos culturales las manos nos empiezan a sudar, afloran los tics de la adolescencia tardía y corremos a tirarnos por la ventana más próxima. Empezando por el cine. ¿Quién cree en la actualidad en el cine español? La mayoría de nosotros no sabemos demasiado sobre él, simplemente no interesa, aburre, qué asco. Según mi experiencia, pocos dudarían en afirmar que se podría producir mucho mejor material con los medios disponibles. Con la música ocurre otro tanto de lo mismo. Cuando me preguntan qué suelo escuchar y mi respuesta es Indie nacional, abren los ojos, contraen los cuarenta músculos faciales y ponen la misma cara de aburrimiento que habría puesto Cristóbal Colón, exhausto tras el largo viaje, si se hubiese encontrado con un concierto de Muse en su llegada a las Bahamas. He aguantado de todo sobre el indie nacional: que es aburrido, que no ha evolucionado con los años y ahora se encuentra estancado en el mismo sonido de hace treinta. Que todas las canciones son iguales y que el castellano suena a mierda pura y destroza las canciones. Que la mayoría de grupos intenta imitar estilos anglosajones permanentemente y que a Jota no se le entiende nada cuando canta. Bueno, en esto último tengo que darles la razón.

Sin más intención que autoconvencerme de mi extraña inclinación obsesiva a escuchar una cantidad ingente de música en castellano y, por qué no, de desahogarme, he decidido realizar una selección de los cincuenta mejores temas en castellano que he escuchado desde que tengo uso de capacidad auditiva. En la muestra incluyo también varios temas en catalán y alguno proveniente de más allá del charco, así como he obviado las estrictamente instrumentales o las cantadas en inglés y otros idiomas del infierno. La lista responde a criterios tan personales que sería una pérdida de tiempo justificar que están aquí y en este orden por motivos diferentes a la aleatoriedad subjetiva. Espero que la disfrutéis.

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Pleasant Dreams es lo que La Casa Azul sería si no fuera irritante. Suaves, muy suaves estos oriundos de Castellón que manejan de forma notable el contraste agridulce fruto de la mezcla entre unas letras mortuorias y una coreografía musical compleja que, sin embargo, evoca cavidades de poros luminosos, como recreando una fiesta en la que no estás invitado. Próxima Parada, el corte más inspirado de un disco algo más flojo que su predecesor, mezcla de forma magistral multitud de trompetas, cuerdas, panderetas y coros al servicio de una oda dreampop a la rutina que, esta vez y sin que sirva de precedente, apuesta por seguir hacia adelante sin procrastinar, olvidando que existieron días peores, pero siendo conscientes de que esos días volverán tarde o temprano.

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Puede que Lecciones de Vuelo 2, su segundo EP autoproducido, sea uno de los trabajos de iniciación más potentes que haya escuchado en los últimos años. Cuando empieza a sonar Mundo 0 enseguida te das cuenta de que el sonido no es puro, podría estar más pulido, pero resulta jodidamente real. Los estallidos poseen fuerza, las guitarras esperan su momento y todos los instrumentos se mantienen en una perfecta armonía vigorosa que no decae en ningún tramo. Lecciones de Vuelo son los grandes tapados.

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Quizá chirría de estos catalanes, o ciudadanos de un lugar llamado Mundo, su extraña obsesión con incitar a los oyentes a que salgan a bailar y a ser felices aunque estén en mitad de un funeral, o su tendencia a revolcarse entre nubes de algodón en las letras de sus composiciones, pero tendríamos que tener graves problemas auditivos para no reconocerles, por lo menos, un gran mérito a la hora de crear melodías pop pegadizas y carismáticas, además de una habilidad notable para crear historias que conectan de algún modo con quien las escucha. Sin llegar ninguna de ellas a ser demasiado brillante, con algunas genialidades atrapadas entre rimas algo forzadas y absurdas más propias de una versión madura y desmejorada de Papa Topo, también encontramos emociones de gran altura en canciones como Nadie va a pararnos mientras no dejemos de cumplir años, donde las putas que trabajan tras las puertas del Raval se agitan entre una cortina de distorsión que crece y crece con un riff que, de algún modo, apela a esa extraña clase de epicidad pop epidémica que tan bien maneja Delafé y Las Flores Azules.

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Victoria Marso son tinerfeños y odian ser comparados con Vetusta Morla. Cuando estaba a punto de cerrar esta lista recibí un enlace a su bandcamp y, tras escuchar La Coleta de Munchausen, no me quedó más opción que rendirme a la evidencia e incluirlos. Su post-rock progresivo con picos luminosos recuerda por momentos a los islandeses Sígur Ros y la influencia de Pumuky, determinante en la escena canaria, es reconocible en el cariz de sus letras, que apelan a una clase de amor que surfea entre lo onírico y lo trascendental. Victoria Marso está aprendiendo a caminar y se une a una larga lista de grupos que comienzan a despuntar en las islas como Isolina, Miniatura o El Faro, siguiendo la extensa estela que dejó aquel hombre bosque en llamas que todavía no ha dejado de arder.

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Con toda la energía del punk llegó este pseudo one hit wonder de mitad de los años noventa, conectando instantáneamente con una generación ansiosa de nuevos himnos, expectantes como Yuri Gagarin cuando atravesó por primera vez la atmósfera terrestre en busca de nuevas sensaciones para la humanidad. Si bien la crítica no supo entender por qué estaba teniendo tanto éxito una canción tan aparentemente infantil, como suele ocurrir, la prescripción procedió de rincones más ignotos. Al Amanecer triunfó y a día de hoy todos la seguimos tarareando como idiotas, esa canción descarada y carente de sentido que sigue siendo uno de los temas más celebrados cuando suena inesperadamente en el último suspiro de la noche.

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Nacho Umbert, que publicó en 2011 el notable No os creáis ni la mitad ya plenamente volcado en la canción de autor con arreglos sobrios y elegantes de la mano de Raúl Refree, en los noventa se encontraba inmerso en un proyecto muy diferente al actual, se llamaba Paperhouse; un proyecto de introspección desmedida que buceaba en el post-rock ambiental —aunque ellos renegaban de esa etiqueta— y en el slowcore de una manera sorprendente e inédita a mediados de los años 90. El Soldado pertenece a Adiós, su primer y último largo con el que Nacho se despidió de los escenarios durante once años. Paperhouse ha llegado a nuestros días con la etiqueta dorada que distingue a las exquisitas rarezas.

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Marco Maril sólo necesitó un disco para demostrar su gran habilidad con los sintetizadores electropop. Dar Ful Ful fue una locura transitoria que desembocó, con la compañía de Xabi Font, en un disco de sietes pistas, El Artista Adolescente (título inspirado en la novela de James Joyce), que fue ilustrado por Javier Aramburu, la mitad de Family.

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Hola, somos gente joven”. Así, esbozando una leve sonrisa, se presentó Fernando de la Flor junto a su formación ante el público de Madrid que acudía a la presentación de su primer LP, integrada en la fiesta organizada por La Fonoteca junto a Pumuky y Cosmen Adelaida. Compañeros seleccionados de manera bastante acertada, ya que Gente Joven comparte con los canarios la tendencia a crear atmósferas envolventes, usando los sintetizadores para crear un ambiente onírico donde mecer historias introspectivas, crípticas, una especie de slowcore que adormece pero fascina de tal manera que promueve el insomnio. Que respiren los demás es un tema que habla de algo que sólo saben ellos, la verdad. Pero de algún modo resulta agradable de escuchar, la ponemos en repeat, miles de veces hasta que nos damos cuenta de que aunque tuviéramos la respuesta, no seríamos capaces de comprenderla. O algo así.

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Soplo de aire fresco al noise nacional con este inteligente y frenético corte que, con unas claras influencias de admiración planetera que van mucho más allá de la referencia directa en el propio tema (esto no lo arregla ni San Jota), Mi Estrategia Vital supone el tema más exitoso de una banda joven y prometedora.

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Úrsula es la sublimación del alma de David Cordero, cuya especialidad es crear ambient denso y opresivo utilizando sintetizadores nacidos desde la calma, nadando a fuego lento para acabar muriendo sin ninguna prisa, sin intención de haber llegado a la orilla jamás. Da la sensación de que la música de Úrsula no tiene ningún propósito, no responde a una planificación, sino que es una especie de marea negra de sentimientos que debían ser expulsados para continuar la navegación circular. Dejadme Solo, tema del que, por cierto, Pumuky ha realizado una versión tremenda, propone un viaje introspectivo desde la angustia, con alusiones permanentes a la soledad y al hastío envueltas por una atmósfera demoledora.

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Llegados de más allá del muro, desde norteña, Mus se presenta como una reliquia ancestral para quien les escucha una década después. Como cualquier tesoro que haya sido abandonado en un emplazamiento terroso y húmedo, se encuentra recubierto de moho y polillas, pero una vez removida la herrumbre encuentras ese dialecto astur, esas respiraciones, ese aroma a belleza perdida. Pregunté a un amigo músico qué pensaba de la secuencia de piano que barre de principio a fin Al Oeste de la Divisoria y me contestó que básicamente es basura, que han hecho la secuencia I · III, se han quedado embelesados con su sonoridad mística, y por limitaciones técnicas no han sabido darle la variedad que necesitaba. A él le resultaba repetitivo, le creaba ansiedad. Le pregunté cómo podía ser que a mí me pareciera agradable, quizá tenía algún tipo de transtorno psicoauditivo, no lo sabía. Podía ser cierto. Dudó un momento y me contestó: porque te sumerges en la atmósfera etérea que se crea con la secuencia I · III, te atrapan en su propia ilusión. Y quizá lo que llamamos indie tenga mucho que ver con esa patología que algunos sufrimos, la que nos lleva a disfrutar de canciones obsesivas, lisérgicas, deprimentes, alejadas de cualquier estándar de belleza formal. Puede que todo se reduzca a eso.

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JMO revelaba en una entrevista concedida al medio Avivaveu que había escrito letras con historias más narrativas para Lamparetes —el disco que acababa de lanzar Antònia Font, formación mallorquina de la que es pieza clave— porque a la gente le gusta que le cuenten historias, y afirmaba que él puede escuchar a una banda nueva que escribe buenas letras pero tiene un sonido algo deficiente porque aún está empezando, le seguiría gustando igual, pero en cambio se cansaría rápido de una que suene brutal pero diga tonterías. Pienso que una traducción rápida de su cita puede esclarecer la figura que se esconde detrás de Bombon Mallorquín, uno de los discos más extraños e interesantes de los últimos años.

A mí el arte no me inspira. Me inspira la realidad. Escucho poca música expresamente porque no quiero que me influencie. Todo lo que tengo que saber de música ya lo sé: la música es algo sencillo y tiene cuatro elementos que se combinan, no tiene más interés. Observo la realidad e intento crear un montaje nuevo, no escuchando el montaje que ha creado un tercero. Pienso que un artista tiene que ser todo lo contrario de lo que se entiende por un erudito. Un artista debe ser un ignorante.

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Fernando Alfaro ha cruzado el infierno de punta a punta en un FIAT 600 y ha sobrevivido. Ahora ya no sólo está de vuelta de allí, sino de todo, y es un hecho que queda reflejado en La vida es extraña y rara, donde expone con la clarividencia que sólo muestra el que se ha librado de todas sus proyecciones y está dispuesto a compartir LA verdad, pero no para los demás, sino para sí mismo, en un ejercicio de erudición narcicista que proclama con autoridad pero también con ternura que está aquí, que ha vuelto, incluso si ya no queda nadie para escucharle. Incluso si ya nos hemos convertido en los héroes podridos que tanto temía.

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Compitiendo por ser una de las canciones más tristes y entrañables del planeta, Perezosa y Tonta le tiende una mano a Vainica Doble, conectando generaciones a través de una ballena azul que vería el inicio de una escena independiente que ya no tenía freno y que con el tiempo consagraría a Le Mans, junto a coetáneos como La Buena Vida o Family, como los heraldos de un cambio imparable.

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Él Mató son Santiago Motorizado, Doctora Muerte, Niño Elefante, Pantro Puto y Chatrán Chatrán y cuentan entre su palmarés con el mayor trofeo al que puede aspirar la gente decente: ser la banda favorita de J de Los Planetas. La formación de La Plata cuenta en España con el respaldo del prestigioso sello Limbo Starr y es ahí donde han editado La Dinastía Scorpio, su segundo largo tras una década en activo, una gran pieza de noise rock que navega entre diversas influencias: con una importante vocación pop en sus letras espontáneas, breves y concretas, también vive del punk en su despreocupada manera de componer, es evidente que hacen lo que les apetece, se divierten, realmente en oleadas recuerdan a Los Planetas más ruidosos, en sus comienzos. Aunque al escuchar Chica de Oro, además de la Silver Jenny Dollar de los Pornographers, quienes vienen a mi mente de forma instantánea son los navarros Kokoshca con su hit La Fuerza, y eso no puede ser más que una exquisita coincidencia-referencia, claro.

Pero Santiago, líder de Él Mató —nombre, por cierto, alumbrado una noche de borrachera mientras los miembros de la banda veían una película de Serie B, lo típico—, huye de géneros y emplea su tiempo —que ya perdemos los demás el nuestro en estudiar a los genios— en componer himnos. Como por ejemplo Chica de Oro, poseedor de todos los ingredientes que componen la receta de un buen hit: una utopía adolescente, un estribillo que atornilla las entrañas y la sensación de que podrías desgarrar las puertas del cielo mientras siguiese sonando eternamente.

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La explosión de Manel derivó en un gran impulso para otras bandas catalanas que, como 4t1a, tenían capacidad para conjugar la cotidianidad en un par de acordes. Ellos se sienten cómodos versando sobre las cosas sencillas, como en 8 Punts, sin ir más lejos, un pequeño split romántico donde con cuatro frases reflejan muy bien lo tortuoso que puede ser el proceso de atraer la atención de la chica que te gusta.

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Lo admito, soy fan de Los Lagos de Hinault. Recuerdo perfectamente el día que los escuché por primera vez; apenas estaba prestándole atención a la letra —niños, no hagáis esto en casa— pero, cuando terminó, en un suspiro, una sacudida me golpeó el subconsciente advirtiéndome de que acababa de obviar algo desconcertante. La segunda escucha fue realmente turbadora y excitante. Sexy. Ya había escuchado muchas letras profundas en el imaginario pop español, pero ésta era la primera que buceaba a ritmo de sintetizador y desenfreno naive en la dictadura química, en el régimen totalitario al que nos tiene sometidos nuestro cerebro y las torturas con que a veces le castigamos para intentar entendernos a nosotros mismos, para después acabar abdicando y mandándolo todo a la mierda. Vale, no es la antología de Proust, I’ll give you that. Pero habla de vidas ejemplares, que se llama el disco y que por supuesto no lo son, ni lo serán. Su inclusión en esta lista es un hurra y una cápsula de Prozac en honor al pop cínico y atrevido.

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Es difícil hablar de esta formación de Getxo sin aludir a sus influencias noventeras, especialmente del Sonido Donosti —movimiento estético con gran presencia en esta lista, como veréis—, del que lejos de enraizarse, han optado por un sonido más cercano al slowcore de grupos como McEnroe y algo más ruidosos, recordando con algunas reverberaciones a otros como The Pains of Being Pure at Heart, una de mis debilidades personales. La caja es el mejor corte de Maniobra de aproximación, grabado en 2009 y cuyo heredero por parte de Tom Boyle se está haciendo de rogar.

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No podía faltar aquí La Buena Vida, grupo representativo del Sonido Donosti de mediados de los noventa, conocidos y admirados por cualquiera que se haya detenido a revisitar las raíces de la música indie o tenga simplemente buen gusto. La mitad de nuestras vidas mantiene el tono leve y de marcado carácter adolescente —en cuanto a sincero, inocente y pudoroso—. Una mentira, mil veces repetida dicen que se convierte en realidad. Y me han repetido tantas veces que tiempos pasados fueron mejores que me gusta tirarme en el sofá a escuchar La Buena Vida imaginando que en los noventa aún existía la inocencia.

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Probablemente a David Cobas Pereiro no le robaban el bocadillo en el colegio. No porque no fuera un chico diferente, pues probablemente lo era, sino porque de seguro pasaba totalmente inadvertido. Y es que Abraham Boba es una heroicidad contemporánea, uno de esos intérpretes casi extinguidos que logran hacer de la pausada escala de grises un elemento de verdadera atención para quien tiene la disposición de sentarse a escucharle. Pero a escucharle de verdad. Y quien lo hace no sólo no queda decepcionado, sino que será incapaz de abandonarle sin sentir su mismo Frío. Ésa era fácil.

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Resulta muy complicado elaborar una lista de envergadura sin plagar los comentarios de referencias de Los Planetas. Pero si además la cantante y líder de una de estas canciones es amiga íntima de Jota —también de Florent— y fue éste quién le empujó a sentarse en una silla con una guitarra frente a cientos de personas cuando ella era feliz dedicándose al arte plástico, se convierte en una tarea imposible. En Romancero, su primer disco, la influencia era evidente —Jota dijo que Ana Fernández-Villaverde hacía canciones de Los Planetas mejor que Los Planetas—, pero con el tiempo ha ido virando hacia unos arreglos más tecno que transforman completamente la sobriedad de sus maquetas, reducidas a voz y guitarra. Monte de Piedad, una de las víctimas complacientes de esta metamorfosis, es para mí la cima de su repertorio, una arriesgadísima saetapop que escuchada en directo, con la acústica adecuada, produce escalofríos irreversibles. Yo soy un completo devoto.

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Sabrán aquellos aficionados al universo otaku que, si escribes en una Death Note el nombre de una persona teniendo en mente su rostro, ésta morirá. Pese a que se trata de una nemotecnia ficcional, algunos siguen pensando que les sucederá algo terrible si dicen que escuchan Amaral. Bien, yo lo he hecho y no me ha pasado nada. Es más, desafiando las leyes de la naturaleza, me atrevería a decir que Estrella de Mar es el mejor álbum de pop-rock que se ha editado entre nuestras fronteras. Toda la noche en la calleSin ti no soy nada, Te necesito o la propia Moriría por vos son canciones que cualquiera que no haya permanecido en un búnker los últimos once años años sabría, como mínimo, tararear torpemente. Radiofórmulas que han sobrevivido al hastío y, escuchadas por voluntad propia —no en supermercados, ni en el nuevo anuncio de Kalia Vanish— diez años más tarde, siguen manteniendo tanto frescura como vigencia, condiciones imprescindibles para poder defender un trabajo tantos años después. ¿Alguien se atrevería a estas alturas a cuestionar a los Cranberries? Yo no.

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No sé qué esperáis que os cuente de Love of Lesbian a estas alturas, la verdad. No queda mucho más que escuchar Universos Infinitos y rendirse a la evidencia.

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Me apetecía incluir a Enrique Urquijo en esta lista, a pesar de que su música se alejara del sonido noise que empezaba a adoptar la escena independiente de los 90, plenamente imbuida por el hechizo de la música anglosajona. Su malditismo, aunque peligrosamente cercano a los tics de personas desagradables como Joaquín Sabina, le llevó a dedicar su vida a componer, llegando a declarar que cantaba porque era lo único que sabía hacer. Su adicción a las drogas y la incapacidad de conectar con un mundo del que nunca se había sentido partícipe acabó con su vida hace poco más de diez años, dejando tras él una gran producción de pop-rock de calidad. Reconozco que quizá mi simpatía hacia Urquijo esté motivada por las similitudes que encuentro en su historia personal con Nacho Vegas, siendo éste un mejor mecánico de sí mismo —es capaz de alejarse por un instante de las cosas, plasmarlas en una canción y volver a sumergirse— y, en mi opinión, mejor compositor y letrista. Aunque tú no lo sepas, por cierto, es un regalo de su amigo Quique González.

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Comencemos lapidando: desde la aparición de Family a principios de los noventa no había escuchado una aproximación más acertada a los sintes ochenteros de New Order. Gerard Alegre, líder, compositor, único miembro, fontanero y conserje de El Último Vecino, es un bicho raro. La gente normal se va a su pueblo de Teruel con una camisa a cuadros y un par de rastrillos y se hincha a comer gazpacho, pero él no, Gerard se lleva treinta cintas de cassette  y un arsenal de material de grabación para después colocar esos cassettes en lugares estratégicos esperando que el magnetismo se deteriore y así lograr un sonido genuinamene vintage.

Es esa clase de atractiva obsesión la misma que muestra en todos los cortes de su disco homónimo, donde repite algunas frases una y otra vez, como intentando vomitar todos sus traumas. A ti te asustan otras cosas, dice. Y a mí, sinceramente, empieza a asustarme el hecho de que, en el momento en que escribo esto, lleve casi dos semanas sin haber escuchado otra cosa. Un pop obsesivo que se ahogaría en su propia claustrofobia de no ser por las guitarras que se abren paso sobre el entresijo sintético. Gerard ha dejado el listón a una altura notable con su primer trabajo, si bien son más bien las intenciones que ha dispuesto sobre el tablero las que le han llevado a atraer la atención de todas las personas que todavía conservan una parte de su alma. Y también la mía, por cierto.

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En los últimos meses la problemática independentista catalana ha sido un tema que indefectiblemente ha salpicado a la conversación cotidiana; ya no es un tabú sino una realidad. Yo, como todos, tengo mi opinión acerca del tema —no tener opinión me parece la más salvaje de las opiniones—, pero como antes que redactor soy lector empedernido y sé que siempre buscamos comentar la polémica antes que la esencia, me la reservaré para mis próximas columnas en el New Yorker. Pero si decidí que, aunque no incluiría canciones de artistas nacionales escritas en inglés o instrumentales, sí lo haría con las de lengua catalana, fue porque escuché canciones como l’Estrany y sentí que debía hacerlo, que no debía permitir que una composición tan brillante quedara extraviada entre los barrotes de una polémica fronteriza.

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Triángulo de Amor Bizarro es lo que nunca te atreviste a decirle a tu ex novia. Su lengua bífida y el irresistible encanto punk de sus canciones les han llevado a estar en boca de todos desde su debut en 2007, aunque no sería hasta tres años más tarde cuando, con la publicación de Año Santo —que fue para ellos como Super Castlevania IV para Konami, la consagración total—, caímos rendidos definitivamente a sus pies por frases delirantes como ésta:

Sé que en la costa francesa rezan para que naufraguen los barcos,

pero por mucho que quieran ya nadie podrá separarnos. 

Tú no estás bien de la cabeza, no vas a quitarme de en medio.

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La ficción norteamericana de las últimas dos décadas no solo ha forjado obras maestras irreprochables como Six Feet Under, The Wire, The Sopranos, Lost o la más reciente y abrumadora Breaking Bad, que rozó el cielo con su antepenúltimo episodio Ozymandias, sino que también ha sabido bucear con elegancia en lodazales como son los dramas teenager, generalmente plagados de clichés y estupideces. My So-Called Life —con la cegadora belleza de una jovencísima Claire Danes— o Friday Night Lights son buenos ejemplos de cómo derribar los convencionalismos y crear unas buena historias adolescentes. A La Habitación Roja le sucede algo similar: escucharlos es como volver a tener quince años y escalar hasta la cima del Annapurna  recordando aquellos tiempos cuando aún creías que el amor existía.

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McEnroe es un plato de lentejas. Desde fuera no luce demasiado bien, aunque tampoco mal, y no da la sensación de que se esfuerce demasiado en disipar la indiferencia. No es que sea desagradable, no es eso, no, simplemente es que no llama la atención. Lentejas; consideradas altamente saludables. Hijo, come legumbres que es bueno para los huesos, me repetía mi abuela cada dos días. Pero era el último plato que elegía en el comedor del colegio: el peso específico de una lasagna o un sanjacobo era simplemente algo contra lo que no se podía competir. Por si todo esto fuera insuficiente, se presentbaa comúnmente bajo el aspecto de una masa marrón un tanto anodina, no exenta de amplio parecido cromático con un coprolito.

Pero llega un día en que te armas de valor y las pruebas, pruebas las lentejas. Sin más; la vida es demasiado larga como para no probarlo casi todo. Y descubres que no estaban tan malas como creías, que su sabor es uniforme y agradable, que hasta saben bien. Avanzas, y en una deliciosa casualidad te topas con un iceberg que en realidad es un trocito de tocino que flota junto a un islote de chorizo, te los llevas a la boca y, cucharada tras cucharada, grindando la pátina lipídica que flota sobre la superficie, empiezas a comprender lo que has estado perdiéndote durante todos estos años. Entonces ya no hay vuelta atrás, eres un adicto a las lentejas, un convicto, un yonki de la legumbre, ya no puedes pasar ni una sola semana sin sentarte junto a la estufa a comer un plato de lentejas, lo conviertes en tu rutina, haces de lo cotidiano una experiencia agradable. Y un buen día enciendes la televisión y están reponiendo los mundiales de 2005 de natación, en Montreal. Miras fijamente a la pantalla y te descubres en ella, realizando un salto de fe desde una plataforma a cinco metros sobre el agua y dejándote caer. Caes. Y ya no nadas a contracorriente. Simplemente te dejas llevar. McEnroe es un plato de lentejas.

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 In the west, when the legend becomes fact, print the legend.

De esta manera dejaba John Ford un legado insuperable en el terreno de los western, rodando a sus 65 años The Man Who Shot Liberty Valance, posiblemente la ópera magna del género y cuya influencia se extiende hasta nuestros días, empezando por la reciente Django Unchained, donde podemos encontrar referencias sin demasiado esfuerzo. Pero centrémonos en Ford. Tom Doniphon (el eterno John Wayne) ha fallecido y su mejor amigo, el ahora senador Ransom Stoddard (James Stewart), attorney at law, cruza el continente durante dos días y dos noches en locomotora junto a su esposa para despedirle; se dirigen rumbo a Shinbone, una pequeña aldea del Oeste recientemente bendecida con una estación ferroviaria donde Ransom había sido acogido en el pasado, tras ser asaltado y acribillado a latigazos por el macabro villano local, Liberty Valance. En el discreto velatorio, unos periodistas —entre ellos Scott— asaltan a Ransom y el abogado da paso, con un gran discurso, a un flashback memorable donde se narra la verdadera historia de su amigo Tom. Es ese discurso, en su versión desafortunamente doblada al castellano, el que utiliza Migala como hilo conductor de Aquel Incendio, título posiblemente inspirado por la hipnótica escena en que vemos arder en un bellísimo tono de grises el hogar de un desquiciado John Wayne:

Sí, es muy joven,

usted sólo conoce la ciudad desde que la cruzó el tren,

era muy diferente entonces,

muy diferente, señor Scott,

muy diferente.

La primera vez que llegué a Shinbone,

fue en una diligencia.

Algo muy parecido a esto.

Estas palabras se repiten una y otra vez durante los nueve minutos que dura el tema, inmersas en una progresión post rock y camufladas entre las guitarras distorsionadas de Migala. Migala, una banda dispersa, volátil, experimental e incómodamente inclasificable, generadora de esa clase de mitos que dan más satisfacciones disfrutándolos que describiéndolos. Aunque tampoco necesitamos conocer mucho más, lo sabemos, ya es de dominio público: cuando la leyenda se convierte en hecho, publica la leyenda.

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El verano pasado estuve viajando alrededor de Europa con un amigo; llevábamos poco más que un coche de cilindrada media equipado con bebidas y latas de conserva. No tardamos más de dos días en llegar a la capital francesa, la ciudad del amor y esas cosas. Allí nos esperaba el amigo de mi amigo, uno de los tantos fisioterapeutas españoles que se fueron a la Galia en busca de francesas y también de un sueldo mejor si eso. Fascinado ante mi primera visita al lugar que tantas veces había visitado en películas y novelas, podía esperar que nuestro amigo llevara una vida llena de bohème y plenitud. Pero no era así. Odio París, repetía incesantemente. Cuando empezaba a llover, Odio parís. Cuando un negro de metro noventa y ciento veinte kilos nos denegaba la entrada a una discoteca de Montparnasse, Odio París. Cuando Chris Froome cruzaba la línea de meta con el maillot amarillo sobre los campos elíseos, Odio París. Y mientras divagaba sobre las vicisitudes de la vida parisina mi cabeza era incapaz de dejar de tararear el estribillo de Ahora Sabes una y otra vez. Mi cabeza era puto noise pop. Las guitarras atronaban y yo deambulaba abstraído por las calles parisinas y ahora sí, ahora sabes cómo de vivo me pude sentir.

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Navegando siempre al filo del absurdo, lo que hace fascinantes a estos mallorquines es su capacidad de conmover juntando cuatro chorradas, que por sí solas lo son, pero, unidas bajo la instrumentación festiva y el tono melancólico de unas letras que podría haberlas escrito Dalí puesto de crack sobre un dromedario, forman un cóctel inimitable que sobrepasa todos los límites de la locura y la genialidad. Hace dos semanas anunciaban su adiós e, inmersos en una etapa de disputas políticas y sociales permanentes en la que pesa más la acción de los lobbies que la cordura, Antònia Font podrá decir que siempre se ha dedicado a hacer música y nada más, siempre impregnada del agradable aroma de sa isla mallorquina, como si ella fuera todo lo que han conocido en su vida. No queda mucho más que darles las gracias por tanto.

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Apenas conocía nada de Julio de la Rosa. Es cierto que no conocemos nada de nadie hasta que lo hacemos, pero realmente tardé demasiado en este caso. Coincidió con el lanzamiento de La herida universal; estamos en 2011 y digamos que Julio ya lleva unos cuantos años en esto de la música: más de una década, para ser inexactos, desde que empezara de la mano de El Hombre Burbuja. Pero bien, las vicisitudes del destino y la falta de experiencia o ganas me llevaron a conocerlo en este punto de mi vida, hace tres años, cuando yo tenía 19 y pasaba por una situación horrorosa por desconocida y, sobre todo, por horrorsa. La herida universola irrumpió en mi curiosidad de forma tierna pero violenta y lasciva. Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché Uno. Con las luces apagadas, llevaba ya más de cinco y de seis horas con la persiana de mi habitación bajada, las luces apagadas, con la única intención de continuar apretando los botones del pad, manejando los controles de los vehículos del Grid hasta desfallecer por causas biológicas. Pero entre carrera y carrera apareció La herida universal, y tras Uno no hubo freno. El disco aceleraba vertiginosamente y, cuando me quise dar cuenta, ya lo había escuchado casi veinte veces. Fue una de las noches más largas y tristes del año, que diría NV, pero sin duda la que recuerdo con mayor claridad.

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Ahora resulta natural el giro que Los Planetas ha dado hacia sus raíces fusionando el indie con el flamenco, pero en 1996, año del lanzamiento de Omega, hubiera sido imposible imaginar que el cante jondo pudiera beber de las influencias del rock y de la poesía de Lorca y Cohen sin resultar sumamente ridículo. Si esto resultó posible fue sin duda gracias a una figura, Enrique Morente, carente de cualquier tipo de prejuicios que le impidieran acercarse a la belleza. Yo ya no quiero ser cantaor flamenco nunca más. Quiero ser el cantante de Lagartija Nick, aseguró tras escucharles tocar. Morente tenía esa clase de locura. Uno puede sentir su misma admiración por lo desconocido al escuchar Manhattan, descubriéndose fascinado ante un sonido que jamás se había atrevido a disfrutar hasta entonces. Ése es el legado que deja Morente, no un disco que revolucionó la forma de entender el indie y el flamenco, sino su presencia y actitud hacia cada revelación inesperada de la vida.

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Esperaba mucho de su segundo trabajo. Tras más de un lustro tocando en directo y perfeccionando hasta lo enfermizo sus temas decidieron grabar Un día en el mundo, convirtiéndose rápidamente en un grupo de gran éxito y catapultando el nombre de Vetusta Morla hacia un hueco privilegiado en la escena nacional, esa primera fila en la que dejas de ser reconocido por la crítica especializada y empiezas a ganar dinero por lo que haces. Algo difícil de digerir para buena parte del sector, que se dedicó a desprestigiarlos con argumentos vacíos y tristemente recurrentes como su cantidad de seguidores o la voz de Juan Pedro Martín, ‘Pucho’, fantástica a mi parecer, si bien ésta puede ser una opinión, por lo menos, respetable. En cualquier caso, la expectación ante su segundo largo era inmensa, tanto para quienes se frotaban las manos aguardando su delirante caída como para los que queríamos escuchar temas nuevos. Y acabaron dando la talla. El piano se muestra firme y vulnerable en los primeros compases de Los días raros, pero crece vertiginosamente acompañando cada tecla a través de riffs épicos de percusión, para acabar estallando con un coro emocionante y épico marca de la casa. Una auténtica maravilla.

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Difíciles de encasillar, me sorprendieron contra todo pronóstico la primera vez que escuché La guerra y las faltas, hipnótica, lo jodido es que no te interesas, prácticamente susurra Borja Mompó, lánguido, desganado, apagado, falto de vida. Es el contraste entre el halo de rabia contenida que parece a punto de estallar en cualquier momento y que de hecho lo hace de forma verbal, y el tono impasible con el que lo expresa lo que les hace verdaderamente interesantes. Limbo Starr se fijó en ellos en 2011. Fue todo un acierto.

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Te levantas de la cama y necesitas ir al baño. Puede que tengas un puesto fijo de trabajo y tomes un espresso porque ya llegas tarde, pero si eres un parado involuntario, entonces estás jodido, porque tienes ante ti un vacío con demasiadas horas que rellenar. Necesitas algo que hacer, pero qué, ni idea. Pasarán las horas y necesitarás comer para recobrar una energía que ni siquiera has perdido, puede que disfrutes degustando algunos platos, mejor aprovechar ahora el apetito, que después perderemos nuestra parte tangible y ya no lo tendremos, que se lo digan a San Pedro. También necesitarás a alguien que te quiera, porque créeme, nadie puede vivir solo eternamente. Al menos tendrás que quererte a ti mismo y eso es algo que, con los años, comienza a hacerse cada vez más difícil. Pasar tiempo con alguien implica conocerse y, si no acabas odiándote, te habrás convertido en un amasijo de mentiras amordazadas por el instinto de supervivencia. Por si fuera poco, vives en el paraíso del target emocional. Desde mucho antes que lo supieras eres el objetivo de numerosas empresas que quieren que gastes tu dinero, o tu tiempo, en favorecer sus intereses apelando a tus emociones y a otras muchas basuras. Necesitarás libertad. Y al final del día, cuando hayas satisfecho esta locura, probablemente estarás demasiado cansado como para no necesitar dormir, algo que te vendrá muy bien cuando hayas dejado de creer en todo lo demás.

Pero un día te levantas y, como Samsa a la inversa, te has convertido en Antonio Luque. Ya no necesitas ir al baño, ni alimentarte, ni ser aceptado socialmente, ni quererte a ti mismo, ni consumir banalidades. Ahora tienes una necesidad básica que prioriza frente a todas las demás y ya no puedes vivir sin ella: necesitas hacer canciones. Y todo lo demás es prescindible.

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Jamás he tenido el placer de tener veintimuchos; de hecho, considero que apenas sé nada de la vida. Pero por alguna razón me resulta extremadamente sencillo identificarme con La Fuerza, donde la inercia existencial conduce inexplicablemente a la oscuridad de la noche, y no la oscuridad literal, sino la que todos conocemos, esa experiencia lúgubre y desmoralizadora que va mucho más allá de beberse tres cubatas y dar saltos hasta que te echan de la sala arrastrándote por el cuello de la camisa. Sino la del salir por salir, porque sí, porque es lo único que se puede hacer. Pues eso. Kokoshca.

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No creo que quede ningún ser vivo que no haya escuchado esta canción, superviviente de incluso el boom masificador que, por mucho que queramos, acaba por destruir todas las canciones. Es pose, dicen. No oiga, de pose nada, es que esta canción yo la escuchaba cuando me apetecía y ahora me la tengo que tragar cuando voy a comprarme unos pantalones o mientras disecciono el papel del vater sentado en el juego de tronos que es escuchar esta canción porque los azulejos son incapaces de frenar los playlist de mi vecino, que ahora es fan incondicional de Dorian y lo pone a todo trapo en sus subwoofers de mierda. Pero no, A cualquier otra parte es diferente. De algún modo, sobrevive a los años, a las repeticiones y a toda comparación con la música sintética que se ha venido haciendo antes y después de su composición. Es una canción especial, que sigue siendo la más aclamada en los conciertos pese a que Dorian está muy lejos de ser un one hit wonder más y ha compuesto grandes temas en sus últimos discos, como La tormenta de arena o Los amigos que perdí.

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Me da mucho asco y me da mucha pena malgastar en escribir unas cuantas líneas el tiempo que podría estar empleando en escuchar una y otra vez Una montaña es una montaña. Porque el último trabajo de Los Punsetes es una obra maestra y nos recuerda a base de patadas en el estómago extrañamente agradables la basura que somos. Escucharlo resulta casi catártico aunque, como todo lo que duele, no acabe sirviendo para mucho.

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top10ss

10

Muchas de las historias que estos dos murcianos narran en sus canciones se asemejan al efecto que produce una patada en el estómago: al principio te duele y crees que estás jodido, pero después… sigues estando jodido, la verdad. Canciones como Muerte en Plasencia representan el síndrome de estocolmo del indie nacional; escucharlas supone asistir a una epopeya de la autocomplacencia inocente, viajar a través del morbo y las eternas cuestiones que golpean con suavidad devastadora, como los grandes luchadores marciales concentran toda su vasta energía en un punto y la emplean en un golpe sutil, sin que desde fuera resulte excesivamente espectacular, pero causando un daño devastador y definitivo. No será ésta, quizá, la mejor de sus canciones, pues Klaus & Kinski son tan buenos como una pizza de cuatro quesos, pero es probablemente la que mejor representa su esencia pop mortuoria y trascendente. Brilla como una estrella, con toda su ironía y sus sintes locos es la que parece la cumbre de los murcianos, por lo que será la que les represente en esta lista maratoniana que parece no acabar nunca. Pero tranquilos, ya estamos casi: ¡Bienvenidos al Top Ten!

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09

Con una cadencia prácticamente perfecta, Benvolgut va expandiéndose a través de una historia fantástica que se desarrolla en la pasmosa normalidad característica de los paisajes que sólo Manel son capaces retratar. A la trompeta inicial se le une la percusión para dar paso a un festín de instrumentos que crecen y crecen hasta escapar de la partitura por pura asfixia narrativa. Benvolgut supone la cima creativa de una formación capaz de hacer de la banalidad cotidiana un arte.

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08

Tú antes molabas. Ésa es la frase que Adriá Arbona habrá tenido que escuchar hasta que los oídos le sangraran tras la marcha de Paulita y con la incursión de Guille Milkyway como productor de la banda. Sí, soy detractor de La Casa Azul y por ello [SPOILERS] no encontraréis ninguna de sus canciones en esta lista; eso no quita que no reconozca su mérito compositivo, pero jamás he conseguido acabar de escuchar ninguna canción por voluntad propia. Lo mismo que me sucede con Astrud. Cosas. Volviendo al tema, La Chica Vampira pertenece a una de las dos brillantes demos que Adriá grabó con el micrófono de su Mac cuando apenas era un imberbe. Dejémonos de tonterías, no es cuestión de purismo: las dos grabaciones ultra lo-fi-amateur recordadas con austeridad germana desde su casa son lo mejor que ha publicado Papa Topo hasta la fecha: frescas, tímidas, vírgenes y decididamente reveladoras de un talento abrumador. Y a pesar de todo, Milkyway cogió La chica vampira y, aunque quizá haya perdido una pizca de salvajismo punk, respetó su esencia. Ahora, yo espero que el último LP de Papá Topo resulte no ser poco más que un mal sueño. Y que vuelva Paulita, que vuelva y que coma todo el helado que quiera, pero que vuelva, por favor.

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07

Insuperable a nivel instrumental insuperable, este dúo chileno ha conseguido con Lo que quieras algo más que consolidar un gran homenaje planetero. A pesar de que el tono sombrío y laxo de la voz de Milton Mahan, junto a los coros melódicos, podrían conducir a un medio tiempo desangelado, Dënver se disfraza de leyenda en el último tramo sacudiéndose con un solo de violín precioso, quizá queriendo emular la decisión de los granadinos de incluir instrumentos de cuerda en Una semana en el motor de un autobús, culminando con el estribillo envuelto en un granizado de trompetas que pone los pelos de punta. ¡Aguante Dënver!

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06

Quien más y quien menos ha escuchado hablar de The Boy in the Striped Pyjamas, la novela de John Boyne que sacudió la sensibilidad popular con la historia de una víctima del Holocausto Nazi, un marco histórico que ha inspirado una producción literaria y cinematográfica que no parece tener límite, por más que la hayan explotado hasta la extenuación. En este caso la peculiaridad es que el niño no pertenecía a la clase judía, sino que formaba parte del bando a priori vencedor. Pero la infancia es indiferente a las controversias de la madurez; el final, todos lo conocemos. Si no es así siempre podéis leeros el libro o ver la película, que es bastante anodina. Marco Maril, el hombre tras Apenino, seguramente se basa en uno de esos niños que veían pasar los días uno tras otro privados de cualquier estímulo, víctimas de una ataraxia involuntaria y ficticia. Quizá es la evidente hipérbole de la historia que nos cuenta Apenino, descontextualizada y llevada a la vida adulta, la que acompañada de esos sintetizadores melancólicos entre los que tan bien navega Marco resulta tan interesante. O puede que lo único que necesitemos es dejar de aburrirnos. Pero qué difícil es.

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Tarde o temprano desaparecerá la rabia, dando paso al conformismo y la levedad

Retornamos a la noche, algo que en la escena indie suele adquirir un cariz casi humano, personalizándola y otorgándole propiedades que van mucho más allá de lo comprensible. Ya lo advirtió Pocholo hace muchos años, pero la casta aristócrata no es tenida en cuenta en el círculo underground, parece: La noche me confunde. Y es que es realmente confusa. Tiene esa particularidad, esa oscuridad de la que hablaba en la incursión de Kokoshca y que la ha hecho escenario de casi todos los círculos de inspiración artísticos a través de la historia. Y pese a que milito, en pensamiento, en contra de colectivos como Femen y otras deformaciones exaltadas de la realidad que Víctor, líder de Algora, suele defender a través de sus perfiles virtuales, y sabiendo que inevitablemente la figura del frontman siempre impregna con su carisma y su idiosincrasia cada tema del conjunto, no me ha resultado costoso, sin embargo, distanciarme de estos hechos y entenderlos para disfrutar de La era punk, uno de los himnos recientes más infravalorados del imaginario independiente nacional. Tampoco me perdería Big Mac Drama, otro corte hipercalórico y épico de su último disco Verbena.

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04

Todos los superhéroes tienen algún punto débil. Superman reacciona peor a la kriptonita que Son Goku cuando le apretaban la cola antes de que la entrenara a conciencia. Luffy D. Monkey, el heredero natural del saiyano, pierde toda su fuerza cuando entra en contacto con agua salada. Walter White, el antihéroe, como ya lo fueran anteriormente Tony Soprano o Don Draper, no era más que una caricatura del americano frustrado hasta que un buen día se convirtió en Heisenberg, el químico inmortal, una leyenda de las clases marginales de Nuevo Mexico. Pero padecía una gran debilidad: el dinero y, en última instancia, el ansia de ser reconocido para dejar su huella en el mundo, el ansia de no desaparecer. Yo, que estoy tan lejos de ser tanto un superhéroe como de lo contrario, tengo una gran debilidad por la inocencia. No la espuria, sino la que emana de la más honda ignorancia, la inocencia honesta. La que muchos calificarían de pueril. Family arrasa con una inocencia genuinamente triste que, por inocua, acaba por alcanzarte de forma devastadora. Es por esa razón que su álbum Un soplo en el corazón, infinito naive, ha logrado —con un material prácticamente amateur, no podemos obviarlo, aunque son reconocibles las reminiscencias de grupos como New Order, en sus riffs sencillos pero rítmicamente preciosos y emocionantes— crear toda una leyenda a su alrededor como único disco de la banda, disuelta tras cosechar fantásticas críticas. Javier Aranburu, diseñador y mitad de Family, también ha contribuido activamente manteniéndose en el anonimato y aumentando el halo de misterio de una formación que, a medicados de los noventa, se puso a mezclar unos cuantos acordes de aquí y allá, se lo acabaron tomando en serio y proclamaron: eh, superhéroes, mirad de lo que hemos sido capaces unos simples aficionados.

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03

Permanentemente, cuando hablamos de música, intentamos encontrar las palabras adecuadas que definan lo que estamos escuchando. Como si aquello fuera posible, como si la música fuese una sucesión de pensamientos planificados llevados a la práctica sin más, algo así como archivos clasificados de autopsias extraterrestres. No solemos aceptar que en ocasiones la música pueda ser una fantástica casualidad fruto de un conjunto de actitudes e influencias de una mente que jamás podremos llegar a comprender porque no formamos parte de ella. Con Pumuky tengo la perpetua sensación de que cualquier cosa que escriba sobre ellos quedará obsoleta antes de haberla plasmado sobre el folio en blanco. Y, tengo que reconocer, es una sensación que me fascina.

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La historia la escriben los vencedores y Jota tenía la capacidad y la determinación necesaria para dar forma al disco más importante de nuestros tiempos. Como decía en Toxicosmos, no hay razón para dudar. Aunque por entonces sí que las había, y no pocas. Nacido del caos y de las dudas, Una semana en el motor de un autobús es la obra maestra que pudo no llegar a existir jamás. En 1997 Los Planetas eran un polvorín de dudas, con Florent más preocupado por no perder la Línea 1 que de grabar un disco o lo que fuera que pretendía hacer Jota sin bajista y con un puñado de influencias —My Bloody Valentine, Spacemen 3, Ride, New Order, The Smiths y The Magnetic Fields, entre otras— que todavía no sabía muy bien cómo conectar. Las figuras de Banin, Eric Jiménez y Kieran, junto a un cúmulo de acontecimientos fortuitos y caóticos aparecieron para ayudar a Jota a darle forma al disco que estuvo a punto de acabar con Los Planetas.

Una semana en el motor de un autobús es una montaña rusa en la que antes de llegar arriba ya estás cayendo y entonces la caída es infinita y sólo acaba cuando las últimas vibraciones de La Copa de Europa te estampan contra el frío suelo. Durante todos estos años muchos hemos intentado escribir sobre las sensaciones que produce esta travesía, pero queda la sensación de que sólo Jack Kerouac podría haber escrito unas líneas críticas que rivalizasen con lo que hace sentir el disco cuando lo escuchas. O quizá ni eso. He elegido Línea 1 porque es la canción más triste del mundo, la némesis de una destrucción provocada por la adicción y la angustia, un recorrido desesperado por la miseria humana acompañado por un violín de otro mundo que humaniza y legitima al que se abandona a su suerte. No es difícil imaginarse a Florent cogiendo el autobús y permaneciendo inmóvil, muerto durante horas bajo los techos de un polígono destrozado sin saber que estaba a punto de publicar el disco que sería recordado para siempre como la genialidad irrepetible que cambió el curso de la música independiente en España.

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01

Ha pasado mucho tiempo desde aquel joven que vomitó en el escenario la noche de su primer concierto. Entre la heroína, las pulsiones sexuales, la timidez y la ambigüedad: Nacho Vegas, natural de norteña, tierra de retornos, obsesionado por alcanzar la pureza de la forma en sus canciones, atrapado en el vastísimo páramo de tristeza en el que aceptamos la derrota como algo inherente a la propia existencia, brillante y oscuro, narrador maldito, aullidos de Carl Salomon, I saw the best minds of my generation destroyed by madness, el escritor que no narra, expulsa, y lo hace para siempre, no me voy a ir y tampoco quiero quedarme, ¿sabe alguien lo que estoy pensando? Expresionismo, Metrópolis, no la de la de los callejones de la Gran Vía madrileña sino la del 32, nadie sabe si es real o no, dónde empieza el personaje y acaba todo lo demás, la vida, pero qué más da, porque es hermosa hasta en su forma de mentir. Admiradme, soy el Bill Callahan de vuestros días pero sabéis qué, los mitos del rock la mayoría de veces se sustentan en cosas bastante miserables o en nada, eso siempre fue así; quizá él también, se preocupó por acercar la literatura y la profundidad al rock nacional aguantando la torpeza de algunos y la indiferencia de otros, también ducho en artes plásticas, el Van Dyck de las miserias, sí, principalmente retratista, Su mejor obra: la vergüenza de los cantautores trasnochados más interesados en su novia que en su prosa. Pero no olvides que, al despertar, siempre hay cuchillos en el cajón. ¿Puedes oírlo? Es todo lo que olvidaste en beneficio de la cordura y ahora se vuelve contra ti, decídelo ya, eres Cazador o su presa, quieres morir o vas a matar, decídelo ahora o no lo hagas nunca, ¿De qué hemos estado huyendo todo este tiempo? El inútil, incapaz de expresarse fuera de sus canciones, la urgencia, dejemos de cantar en inglés, para qué si ni siquiera entendemos lo que estamos diciendo, ¡Pero si ni siquiera estábamos diciendo nada! Todo es política, acabemos con la estética. ¿Ahora sí, ahora sientes los Crujidos? Suyas son las tardes gloriosas en el Molinón de los 70, suyas son las noches que se perdieron en los reflejos chispeantes del papel de plata, noches que se fueron por caminos distintos, ahogadas en Dry Martini y sexo anal y es que hoy te quiero y esto duele. Vendetta, Ramona y la primera canción que escribió Vegas, el pretencioso, apocado y maldito Vegas, rodeado del eco de cráneo hundido y justicia poética. Hubo un tiempo en el que habría muerto por amor, siempre hay que morir por algo, si no muriésemos constantemente seríamos incapaces de mantenernos con vida, hay que morir mucho, y morir mal, la oscuridad sólo es la consecuencia de haber llegado al fondo de las cosas, un precio a pagar, el peaje, el camino. Sí. Hemos recorrido un largo camino hasta aquí, seguramente imbuidos por la lumbre del fulgor, y todo llega a su fin. Relájate y ahora escucha atentamente, sólo escucha, con atención, cómo resuenan las cajas de música en la oscuridad.

 Inténtalas parar.

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Sobre El Autor

Es el encargado de que todo funcione correctamente, si es que eso es posible. Creativo y experto en chistes malos, jamás disfruta el momento y tiene ascendencia italiana, pero sólo se le nota en el apellido.

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