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Va camino de serlo. Avalada por HBO, como su nuevo plato fuerte; por haber conseguido, el pasado 12 de enero, la mayor cuota de audiencia de la cadena en un estreno desde el de Boardwalk Empire; y por la unanimidad de la crítica. Cuando se juntan todos estos elementos uno se pregunta, antes de verla, si será una de esas series que hacen que esperes cada capítulo ojiplático, o sólo un pretencioso envoltorio de calidad, pues la presencia de Matthew McConaughey y Woody Harrelson bastaba para superar el aprobado. Y sucede lo primero. El pasen y vean aquí tiene asegurado lo exquisito y lo valioso. En True Detective las investigaciones criminales, misterios, y estudio de los personajes valen cada minuto de la misma. Si los ocho capítulos que la componen siguen a la altura de los tres que ya hemos podido disfrutar, será el nuevo mejor drama de la cadena, y puede que de la televisión.

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Hay algo que Cary Jo Fukunaga (Sin Nombre, Jane Eyre), su director, y Nic Pizzolatto (aclamado novelista), su guionista y creador, han hecho especialmente bien y es presentarnos con cuidado los acontecimientos, pero sobre todo a sus protagonistas. Nos sentamos frente a dos tipos que fueron compañeros durante siete años. Uno trajeado, otro que podría ser un colega de fiestas de Iggy Pop, y ellos se sientan frente a nosotros. Frente a una cámara que graba su narración de una investigación que llevaron a cabo hace 17 años. Dos policías, en el año 2012, les interrogan, a cada uno por separado, sobre su experiencia en el suceso del 3 de enero de 1995. El asesinato ritual, satánico, llámalo X, de la joven Dora Lange – nombre llamado a no ser olvidado, como el de Elizabeth Short o el de Laura Palmer – y que posteriormente les haría investigar las desapariciones de unos niños en la zona. Sólo sabemos eso, y que un asesinato similar ha ocurrido tantos años después, sorpresivamente, pues se supone que atraparon al asesino.

Conforme van pasando los minutos, Pizzolatto, Fukunaga, y los actores, tienen la destreza y el magnetismo suficientes para hacer que aunque en nuestra mente siga rondando la pregunta de qué demonios ha ocurrido, o mejor dicho, quién habrá realizado tal asesinato retorcido, lo que más nos preocupe es qué demonios pasó entre Hart y Cohle, o mejor dicho, quién demonios es Rust Cohle y por qué en 1995 ya tenía obvios problemas, que parece haber arrastrado con los años. Incluso incrementado, pues aparte de no poder aguantar sin fumar un cigarrillo, o más bien una cajetilla, durante la entrevista, en sus días libres tiene que empezar a beber a partir del mediodía.

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“Uno no elige a su compañero, al igual que no elige a sus padres”. – Martin Hart

 Así es como empezamos a seguir de cerca a este atípica pareja a través de los cañaverales de nombres bíblicos de Louisiana. Las carreteras solitarias cuya monotonía rompen un par de gasolineras, las casas rodeadas de lodazales, con una verja de alambre. Una zona devastada en la actualidad por los temporales y los vertidos de petróleo, a la que viajamos en 1995 para comprobar que a pesar de todas esas desgracias, antes tampoco le iba demasiado bien. Nueva Orleans siempre aparece en las narraciones estadounidenses como ese lugar fantasmagórico y de arquitectura decrépita, que tras los años de colonización y opulencia francesa y española, se convirtió en sinónimo de drogas, lujuria y decadencia.

Pero no decadencia poética, sino ésa que vemos en el óxido que se come las vigas, los postes de la luz medio caídos, las sonrisas roídas por la metanfetamina, la que acompaña a la humedad, las neblinas de calor y el aire sobrecargado que se respira en esas tierras fangosas, y en la que se mueven Rustin Cohle y Martin Hart, con paso lento, cansado. Uno por toda la desazón y pérdida que acarrea sobre sus espaldas, el otro por el sinsabor del hombre acostumbrado a la rutina diaria. Dos personajes tan bien trazados, que cada uno de sus gestos e intercambios de palabras suenan grandilocuentes, pero no por parecer ensayados, sino porque tienen la majestuosidad de los personajes del western americano, o del cine negro de los 50. Acompañados de ese aire malsano que rodea a los crímenes y a los personajes que investigan, pero también a ellos mismos.

Cohle vs Hart / Soul vs Heart

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Rust Cohle es el alma de True Detective. Según las propias palabras de su compañero, es distante, extraño, pero con una mente brillante. Destinado a ser un gran detective. Pronto sabemos, por las del propio Cohle, que es, y se siente, una rara avis. Los compañeros de la oficina de Louisiana, colegas de Hart pero no de Rust, le ven como ese tipo extraño venido de Texas, enjuto, cuyo pasado se encuentra en archivos clasificados, y al que llaman “El Recaudador”, — Taxman  —  porque utiliza una especie de Moleskine como bloc de notas y dibujos de lo que ve. Todos los detalles están en su libreta negra. Es un tipo cultivado, lee libros de criminología, estudia la escena del crimen con minuciosidad, se deja llevar por sus intuiciones, y se mete en la mente del asesino. Pero también es taciturno, vive en un apartamento con sólo un colchón en el suelo, sufre de insomnio — yo no duermo, sólo sueño — al que busca poner fin a través de los barbitúricos, y el abuso de las drogas en su pasado hace que su peculiar visión del mundo, se vuelva aún más fantástica, pues ve una realidad distorsionada, alucinaciones diurnas que acompañan a su relato, además de sufrir de sinestesia y de otra serie de características que le hacen bizarramente hipnotizador.

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“Creo que la consciencia humana fue un trágico paso en falso en la evolución. Nos hemos vuelto demasiado conscientes de nosotros mismos. La Naturaleza creó un aspecto de si separado de ella misma, somos criaturas que no deberían existir por ley natural. Somos cosas que funcionan bajo la ilusión de tener un ser, esta acumulación de experiencias sensoriales y sentimientos programada con la total seguridad de que somos alguien cuando, de hecho, nadie es nadie. Creo que lo honorable para nuestra especie es negar nuestra programación, parar de reproducirnos, caminar de la mano hacia la extinción, una última medianoche, excluyéndonos voluntariamente de un contrato injusto.” – Rustin Cohle

Ésa es una de las muchas frases que nos deja Cohle para el recuerdo. De las conversaciones que mantiene con Hart descubrimos sus ideas nihilistas, y su falta de apego a la propia existencia, desarrollada por los eventos trágicos de su pasado y su familia, a los que sólo conseguimos llegar a través de la mujer de Hart, Maggie (Michelle Monaghan) . En diez minutos a solas con él es capaz de descubrir más sobre Cohle que Hart en tres meses. McConaughey parece haber nacido para interpretar este papel. El Cohle del 95 y el del 2012 son como dos yo de la misma persona. Su forma de arrastrar las palabras con su voz ronca, de coger el cigarrillo, lo hacen inquietante. La mirada vacía, nos intriga a la vez que llama a la compasión.

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Sabemos que Rust está sufriendo. Y es que la imagen de los créditos con Cohle en llamas, va directa a nuestro subconsciente, pues Rust parece caminar con el fuego, como un personaje salido del puño y letra del maestro Lynch. Dicen que McConaughey está en “estado de gracia”, incluso se ha acuñado un nombre en alusión al renacimiento de su carrera en los medios y redes sociales: “The McConaissance“. Brindamos por ello, porque lo cierto es que los papeles de galán de comedia romántica por los que se hizo más conocido en la pasada década no le dejaron desarrollar su talento. Sin duda su papelazo en Mud (2012), la breve, pero eléctrica aparición en El Lobo de Wall Street (2013)  — cuyo canto del dinero es cosecha propia, pues lo realiza siempre antes de entrar a escena — o el de Ron Woodroof en Dallas Buyers Club (2013) – con el que está tocando el Oscar, y que ya le ha valido varios premios, incluido el Globo de Oro a Mejor Actor Dramático – o este increíble Rust Cohle – nos están dando lo mejor de un actor hasta ahora algo infravalorado.

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Frente a él está Woody Harrelson, como el detective Martin Hart, un tipo más ordinario — en la superficie — con una casa con césped, esposa y dos niñas. Pesca en sus días libres, es cristiano, de valores tradicionales, se toma alguna copa en el bar del pueblo con sus compañeros, y tiene un affaire, como cualquier hombre casado de su clase. Pero también tiene un fuerte temperamento, aunque según él todo está bajo control. Harrelson se diluye en las maneras toscas, duras, del policía “con un par”, como él mismo confiesa, al que no le hacen demasiada gracia las extravagancias de Cohle, ni el aprecio que su esposa parece desarrollar por su compañero. Entre ambos se crea la dinámica perfecta para dar lugar a momentos tanto cómicos como tensos, con intercambios de miradas que valen su peso en oro.

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Pero no sólo las actuaciones y sus personajes están a ese nivel, en True Detective todo está perfectamente calculado. Desde el guión críptico de Pizzolatto, a la dirección certera de Fukunaga, recogiendo cada detalle, y ayudado por la hermosa fotografía de Adam Arkapaw — que recientemente se ha encargado de otra maravilla visual, Lore (2012) de Cate Shortland —, y una banda sonora cautivadora.

HBO y su creador han anunciado que esta serie pretende ser una antología, con historias de investigaciones e investigadores diferentes cada año. Su segunda temporada, que ya parece prácticamente confirmada para 2015, tras el éxito que está teniendo la primera, abriría con un nuevo misterio y toda una nueva tanda de personajes. Así que disfrutad mientras podáis de las horas que aún tenemos por delante junto a Cohle y Hart, y una historia cuyo final se muestra tan impredecible como intrigante.

Sobre El Autor

Encargada de adentrarnos en la psique de los cineastas malditos y fundadores de la Nouvelle Vague, también nos acerca a la música de influencia británica y francesa. Soñadora, rebelde y decadentista, es un hervidero de citas y referencias.

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