Manifiesto

Recuerdo perfectamente el primer día de universidad que me resultó realmente útil. Tuvieron que pasar más de dos años, eso puede ilustrar de forma crítica cuán inútil me resultó haber dedicado cuatro años de mi vida a una licenciatura obsoleta. Fue en un pequeño curso de Coohunting donde empecé a entender cómo funcionaba realmente la publicidad. No era un medio, ni siquiera un medio de medios, la publicidad en sí era perfectamente explicable a través de los procesos culturales que subyacen en las corrientes étnicas y en las diferentes clases sociales. Aquel estudio del coolhunting, impartido por los controvertidos Mario Guilló y  Enric Bas, artífices de FuturLab, fue el que hizo que saltara el clic. A partir de entonces busqué las respuestas en sitios muy diferentes a los que podrían sugerir los métodos convencionales, y uno de ellos fue la lectura de un libro que ellos mismos recomendaron, nada más extraño que Outliers, de Malcom Gladwell, quien no es precisamente un desconocido.

Malcolm, a través de una vastísima documentación, sugiere —y a menudo asegura— que detrás cada persona exitosa, además del talento innato, existen una serie de factores culturales inapelables que han intervenido de manera decisiva en su éxito. Atribuir a la suerte los procesos de crecimiento resulta una explicación laxa y mística de un ascenso que puede documentarse a través de parentescos y años de tradiciones y prejuicios. Pero Gladwell ilustra en Outliers otra idea que me sacudió por completo: aunque tus condiciones sean favorables, hay un factor indispensable en la receta del éxito que se repite en cada figura analizada, el esfuerzo. El que tantas veces había denostado en favor de lo innato. El autor anglo-canadiense de raíces jamaicanas se atreve a dar un dato estimativo de la experiencia mínima necesaria para, cuando se den las condiciones adecuadas, estar preparado para aprovechar la oportunidad. Nada más que 10.000 horas. En una sola actividad.

No es que a estas alturas yo siga soñando con ser Bill Gates, Joe Flom o futbolista de élite, no. Pero mi personalidad inquieta, incapaz de aferrarse a un solo campo, por lo visto podría convertirse en la moraleja maestra de mi epitafio, y a mí nadie me había avisado. Nadie me apuntó a clases de piano a los seis años. Ni me incitó a que una esfera de cuero se convirtiera en mi mejor amiga, no. Nadie me convenció de lo que yo mismo no quise convencerme. No puedo quedarme quieto, no soporto la rutina. Si hubiese nacido perro, ya estaría muerto. Fundé el blog Me Es Indieferente en 2010 con la liviana intención de escribir sobre mis grupos favoritos. Cuando empezó a adquirir repercusión, casi dos años después, yo ya estaba agotado de escribir siempre sobre lo mismo, necesitaba un cambio. Para mí ese cambio fue el de asumir que, probablemente, jamás llegaría a dedicar 10.000 horas a ninguna tarea que no me fuese impuesta. Así nació Tokio Blues, con la intención de crear algo de lo que no me pudiera aburrir jamás y donde además pudiera compartir el viaje con compañeros y amigos llegados de cualquier ámbito. Tokio Blues Magazine nació fruto de la negación del éxito. Y en esas estamos.

—Adriano Fortarezza, fundador y eso.

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