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Abdellatif Kechiche, partiendo de una adaptación libre de la novela gráfica Le bleu est une couleur chaude (2010) de Julie Maroh, junto a su co-guionista y editora habitual Ghalia Lacroix, ha convertido la historia de la relación entre dos mujeres, Clementine (Adèle en la cinta) y Emma, que marca la vida de la primera, en una épica obra cinematográfica sobre el descubrimiento del amor, el sexo, el paso de la adolescencia a la madurez, las clases sociales, y básicamente la existencia y la búsqueda de uno mismo. En vez de optar por utilizar el nombre original de la novela — que sí se ha mantenido en el título inglés de la cinta, y en otros idiomas — ha decidido renombrarla con el nombre de su actriz protagonista, Adèle Exarchopoulos, y de paso homenajear al dramaturgo francés Pierre de Marivaux, titulando a su película como a la célebre novela de éste, obra con que comienza la película. La vie de Marianne (La vida de Mariana) del siglo XVIII se convierte en el siglo XXI en La vie d’Adèle. De un clásico de la literatura francesa, al que va camino de convertirse en un clásico del cine francés, aunque sólo sea por haber marcado un hito en la historia del Festival de Cannes al ser la primera película que recibe la Palma de Oro no sólo para la película, sino también para su director y sus dos actrices, hecho insólito hasta la pasada edición de 2013.

La vida de Adèle comienza con la lectura de ese clásico en el instituto parisino al que acude la joven. Kechiche utiliza dos frases de la obra para abrir el diario de la vida de su protagonista. La primera, es la frase que aparece al inicio de la obra:

“Je suis femme et je conte mon histoire (Soy una mujer y cuento mi historia).”

Como Marianne, Adèle se convertirá en la protagonista absoluta de las tres horas de película que tenemos por delante. La segunda, aparece en el análisis de la lectura de otro fragmento, en el que un compañero de Adèle habla de cómo refleja Marivaux en su obra que la protagonista sentía que algo faltaba en su corazón. El profesor de literatura lanza a sus alumnos la pregunta, ¿qué falta en vuestro corazón? Kechiche, mirándonos a través de la mirada inocente de Adèle, sentada en su pupitre, atenta, ensimismada en Marianne, pensando en ella misma, nos lanza la pregunta a nosotros también. ¿Qué falta en el corazón de Adèle?, incluso, ¿qué falta en el nuestro? La idea del encuentro furtivo con alguien que marcará nuestras vidas, la idea del amor a primera vista y la predestinación fluyen sobre la obra de Marivaux y sobre la historia en la que estamos al punto de perdernos. No sólo por influencia de este texto, pues Kechiche también nos habla de otro de los clásicos de la literatura francesa donde su protagonista siente que está predestinada a la desgracia y a no encontrar el amor verdadero: La Princesse de Clèves. Obra cuya adaptación por parte de Christophe Honoré, La belle personne (2008), casualmente protagonizó Léa Seydoux  — Emma aquí — junto a Louis Garrel. Antes de que se produzca el encuentro que hará que el mundo de Adèle sufra un giro de 360º, Kechiche se toma su tiempo en presentarnos y acercarnos al personaje protagonista.

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Adèle tiene 17 años. Le apasiona la literatura, comer, todo tipo de música menos el heavy, es curiosa, y desea convertirse en maestra. Kechiche nos acerca a su protagonista de una manera tan natural y realista, como con la que Exarchopoulos se arregla al salir de casa, subiéndose los pantalones, o recogiéndose el pelo en su característico peinado. Esos pequeños detalles que el director consiguió siguiendo con su cámara a la actriz a todas horas —  incluso sin que ella supiera que la estaba grabando para el metraje final, como cuando se quedó dormida en el tren de camino al set — hacen que Adèle parezca un ser humano imperfecto, con sus tics, sus manías, lo que nos hace a cada uno tal y como somos. Esos detalles aportan la sensación maravillosa de que estamos ante un semi documental. Aparte del mérito de Kechiche en ello, hay que aplaudir el trabajo de Adèle Exarchopoulos. Su espontaneidad, su dulzura, su expresión infantil y la inocencia que refleja en sus ojos, hacen que sintamos empatía desde el primer minuto. ¿Quién no ha pasado alguna vez por las inseguridades que sufre Adèle?, ¿quién no ha sido adolescente alguna vez? Y esa edad está inevitablemente  ligada al descubrimiento de la sexualidad. El primer encuentro íntimo del filme es entre la joven y Thomas (Jérémie Laheurte) un compañero de último curso. Impulsada por sus compañeras, siguiendo la corriente, comienza a verle. Pero hay algo que falla. Algo falta en el corazón de Adèle, como en el de la Marianne de Marivaux. Y es que mientras está con Thomas, aunque el joven tiene su cuerpo, no tiene su espíritu. Su corazón se ha vuelto azul, como el pelo de la desconocida que se cruzó de forma fortuita en la calle. La joven ocupa sus pensamientos. Adèle desarrolla un sentimiento arrebatador por Emma. Un amor que no la deja respirar, que se convierte en una obsesión por volver a verla, por conseguir estar con ella.

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Ese encuentro es mágico. Adèle se pierde mirando a Emma, que camina acompañada por una mujer. Las mejillas de Adèle se vuelven rosadas, su corazón ha dado un vuelco. La joven del pelo azul era la pieza que faltaba. Léa Seydoux le pone rostro. Una Seydoux que ha ido destacando en el cine francés, y también en el internacional (pequeños papeles con Tarantino, Ridley Scott, Woody Allen o en la última de Wes Anderson). Aquí queda atrás esa Seydoux tímida y frágil que veíamos en otros filmes, aunque conserva el aire seductor en su mirada y su sonrisa. Emma se mete en la mente de Adèle, aunque ésta al principio lucha contra ello porque pensar en una persona del mismo sexo no parece lo correcto. Kechiche, sin recurrir al discurso, pone claramente de manifiesto el rechazo social con las miradas y los insultos que Adèle recibe en el instituto tras su ruptura con Thomas y el rumor de su relación con una mujer.  La amistad con uno de sus compañeros, homosexual, la anima a acompañarle de fiesta y a buscar en un local de ambiente a aquella joven en la que piensa las 24 horas.

La escena del club supone el segundo encuentro entre las dos jóvenes, y probablemente el momento en el que más brilla Seydoux con su forma de acercarse a Adèle sutilmente, cohibida y nerviosa ante la presencia de Emma. Los siguientes encuentros transcurren en el parque, tras las clases de Adèle, donde vemos materializada la complicidad que ya habíamos intuido. Las miradas furtivas, el primer beso en la mejilla, las conversaciones sobre la existencia. Emma se presenta como alguien a quien admirar para Adèle, sufriendo de la impresionabilidad de los más jóvenes.

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Emma: Me gustaba mucho Sartre en el instituto.
Adèle: ¿De verdad?
Emma: Me ayudó mucho. En especial para reafirmar mi libertad y mis propios valores. Por el rigor de sus compromisos.
Adèle: Como Bob Marley.
Emma: No estoy muy segura (risas).

La relación va avanzando poco a poco, y Emma y Adèle se funden en una. Tras el sexo — escena más que comentada por lo explícito, y por la crítica negativa de algunas periodistas y Julie Maroh por, según ellas, su falta de credibilidad — pasean unidas en el desfile del Orgullo, momento culmen de su relación. En esta escena, al igual que cuando Adèle baila al ritmo del “I follow Rivers” de Lykke Li, su rostro es la personificación de la felicidad, la que uno siente cuando piensa por dentro: no desearía estar en otro lugar, con ninguna otra persona. Pero Kechiche pronto nos devolverá a la realidad. La realidad de la sociedad. De los padres. De la diferencia cultural entre ambas, tan bien reflejada con un par de cenas en la casa familiar de cada una de las jóvenes. La realidad de los amigos de Emma. Esa última es la que causa un efecto dinamitador de la relación. Utilizando el pretexto de una fiesta, que contrarresta con la fiesta de cumpleaños de Adèle, y superponiendo el rostro de Exarchopoulos al de Louise Brooks en Pandora’s Box (1928), que aparece en una pantalla donde se celebra la fiesta, Adèle se siente inferior a las amistades de Emma, no está conectada espiritualmente a ella como otras de sus amigas. Tras la fiesta, el rostro de Exarchopoulos transmite esa desesperanza. Ahora están desnudas, la una frente a la otra, pero esa desnudez ya no fascina. La relación ha caído en el inevitable tedio que causa el paso del tiempo, por el que todo acaba por aburrir. A partir de este momento sufrimos la caída de Adèle. El color azul deja de ser cálido para ser frío. El frío que anida en el corazón de Adèle cuando fuma sóla por los pasillos, cuando contiene las lágrimas al recordar a Emma estando con los niños en la escuela donde ahora da clases, cuando se recuesta en el banco en el que años atrás se sentó por primera vez junto a Emma o cuando flota a la deriva en el mar. La herida que la joven de pelo azul deja en su corazón es tan profunda que Adèle no es capaz de cerrarla y seguir adelante durante mucho tiempo, aferrándose al pasado.

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Porque muchas veces lo más difícil no es dejar ir, sino enfrentarse al vacío posterior, a la inseguridad que nos crea el pensar en volver a empezar de cero. A no volver a sentirte como te sentías antes de la ruptura. Ése es el sentimiento que anida en el corazón de Adèle mientras la vemos alejarse calle abajo con su vestido azul y sus tacones. ¿A dónde conducirá la vida a Adèle? Como La vida de Marianne de Marivaux, con este final, Kechiche nos da a entender que a esta historia todavía le quedan muchos capítulos.

  • Fotografía

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  • Banda Sonora

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  • Interpretaciones

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  • Diálogos

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4.5
Rating Puntuación Final

(no es la media)

Sobre El Autor

Encargada de adentrarnos en la psique de los cineastas malditos y fundadores de la Nouvelle Vague, también nos acerca a la música de influencia británica y francesa. Soñadora, rebelde y decadentista, es un hervidero de citas y referencias.

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