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Passion es una de esas historias de suspense con las que tanto le gusta jugar a Brian De Palma, que rezuma guiños — incluso en un tono auto-paródico en algunos momentos —, a sus anteriores trabajos. Esta vez no se trata de una idea original de su mente febril, sino de la adaptación de la película Crime d’amour de Alain Corneau, que protagonizaron las fantásticas Kristin Scott Thomas y Ludivine Sagnier en 2010. Para la versión de habla inglesa, De Palma también ha sabido buscar a dos mujeres con carácter: Rachel McAdams y Noomi Rapace, siendo ésta última sobre la que recae todo el peso del filme. McAdams, a quien tan bien le sientan los papeles de abeja reina caprichosa y sin escrúpulos, es Christine, un personaje que se mueve en esa línea peligrosa entre el odio y el encanto.

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La actriz canadiense la encarna con solvencia, gracias a su sonrisa dibujada por unos labios rojos sangre, y su mirada entre angelical y perversa. Christine ejerce una posición dominante sobre el personaje de Rapace, Isabelle. Leer el nombre de la actriz sueca en los créditos de una película siempre sube las expectativas sobre la calidad de la misma, pues hay pocas actrices ahora mismo que doten a sus interpretaciones de la fuerza, verosimilitud e intensidad de Rapace.

El conflicto entre estas dos mujeres surge porque ambas compiten en la misma empresa. Christine es la ejecutiva de una multinacional con oficina en el frío Berlín, donde Isabelle trabaja como creativa. Todas las ideas vienen de su mente brillante, cosa que Christine ansía para conseguir un ascenso y que no tarda en hacer suyas, con la inteligencia y cortesía que sólo una mujer de su rango podría ostentar, haciendo que el odio comience a surgir, lentamente, en el corazón de Isabelle. Desde el primer plano que abre la cinta, con las dos mujeres sentadas una junta a la otra, vemos que De Palma busca presentarlas como la dicotomía femenina. McAdams es la rubia triunfadora, que viste y se pinta resaltando sus atributos, mientras que Rapace viste de forma sobria y apenas va maquillada. El juego de colores entre ambas también es destacable. Los vestidos y trajes de Christine, en grises, azules y nudes resaltan su frialdad; mientras que los rojos y violetas, esa sensualidad que la rodea y su afán de ser el centro de atención. Isabelle, en cambio, viste de riguroso negro de pies a cabeza la primera vez que la vemos, y durante casi toda la película, lo que acrecenta su aire sombrío y misterioso; así como su ropa de corte masculino pone el acento en la ambigüedad sexual, elemento con el que capta nuestra atención De Palma durante el transcurso del filme: Rapace despierta interés homosexual en su secretaria, y tímidamente en la propia Christine, cosa que se contrapone a su declarada heterosexualidad, y sus relaciones con Dirk Harriman.

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Paul Anderson es el encargado de interpretar al tercero en discordia. El actor británico cumple a la perfección con su papel de playboy, y parece que su carrera por fin está despegando, pues ahora mismo comparte el liderazgo de la nueva sensación de la BBC, Peaky Blinders, junto a Cillian Murphy.  Conocemos a su personaje, Dirk, también en los primeros minutos de la película, junto a las dos mujeres. Aunque aparece como “pareja” de Christine, cuando irrumpe en la casa de ésta, percibimos como posa su mirada en Isabelle. Y las intuiciones no eran erróneas, pues más tarde descubrimos que ambos tienen un affair sin que Christine lo sepa, cosa que tampoco debería ser una gran decepción para ella, pues mantienen una relación bastante abierta. Pero el compartir un hombre, al final, acabará por sumarse a la tensión preexistente entre las dos mujeres.

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El desencadenante del delirio llega cuando Isabelle se siente traicionada, ya no sólo por Christine, sino también por Dirk. La escena en el parking y la de la fiesta de empresa, son clave en su desmoronamiento. El ataque de ansiedad y posterior humillación que sufre, parecen tan reales como la vida misma gracias a una Rapace sublime, que con su profunda mirada, sus sollozos, su risa, y sus miradas de inquietud, es capaz de hacernos partícipe de la tensión que sufre en sus carnes, durante todo el filme. El momento en que despierta en la prisión, y luego de nuevo en su confortable cama, podemos incluso sentir en su respiración el alivio que recorre nuestro cuerpo al dejarnos caer en el colchón tras un largo día. La sensación de bienestar al pensar que todo ha sido una pesadilla.

La forma en que filma De Palma esta segunda mitad de la película es crucial. Las luces sombrías, los ángulos imposibles, la atmósfera cargante, turbia, elementos todos ellos que transmiten la asfixia de Isabelle. Caminamos sonámbulos junto a ella por los pasillos y oficinas minimalistas, entre el sueño y la vigilia que envuelven su mente desde que comienza a tomar los somníferos. Nunca sabremos si lo que vemos es real o fruto del subconsciente de Isabelle, en gran parte también por los giros del guión, que hacen que nos cuestionemos todo lo que ha ocurrido desde el inicio de la película, deseando volver a repasar cada detalle, ávidos de encontrar al asesino antes de que lo haga la policía.

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Prueba de la facilidad con que De Palma se desenvuelve en el suspense es la magnífica escena del ballet. El cineasta decide presentarnos el clímax de la historia con una sabia elección. La pantalla partida en dos. En un lado, los bailarines que interpretan Preludio a la siesta de un fauno de Debussy, y los ojos de Isabelle, el oscuro abismo de las pupilas de Rapace, sin pestañear, como nosotros. En el otro, lo que de verdad debería seguir nuestra mirada, a pesar de lo cautivador de la otra imagen, el crimen. Passion se convierte, gracias a su delirante parte final que sabe compensar el inicio algo flojo, en uno de esos puzzles psicológicos cuyas piezas nunca sabes dónde encajarán hasta la última secuencia.

  • Fotografía

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  • Originalidad

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  • Banda Sonora

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  • Interpretaciones

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  • Diálogos

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3
Rating Puntuación Final

(no es la media)

Sobre El Autor

Encargada de adentrarnos en la psique de los cineastas malditos y fundadores de la Nouvelle Vague, también nos acerca a la música de influencia británica y francesa. Soñadora, rebelde y decadentista, es un hervidero de citas y referencias.

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