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A Irving y Sydney les une su amor por Duke Ellington. Y por el dinero. Y los trajes ostentosos, incluido el terciopelo, las corbatas de rayas anchas, los tacones de aguja y los escotes imposibles. Todo en exceso, porque estamos en los 70 y David O. Russell, su director, se ha querido permitir la extravagancia propia de la época. Incluso rozando el ridículo. O cayendo en él, sin paracaídas.

American Hustle se supone que es la historia  basada libremente en un hecho real, el escándalo ABSCAM  de una gran estafa, como indica su explícito título en castellano: “La gran estafa americana“. Pero en realidad, como os decía, es la historia de dos fanáticos del jazz, dos estafadores — como la versión mixta de los Redford y Newman de El Golpe (1973) —, y de su extraña relación de amor. Extraña por las circunstancias que les rodean. Christian Bale está tras Irving Rosenfeld, mafiosillo de poca monta, con maneras de un De Niro  con barriga y gafas de cristales tintados. A pesar de ese aspecto físico inusual en él — es difícil olvidar el que tenía en su magnífica encarnación del Patrick Bateman de American Psycho – sigue siendo capaz de transmitir un aura encantadora, incluso con un peluquín terrible que distrae más a la vista que sus kilos de más, y que veamos en los ojos de Amy Adams   su alma gemela en el crimen de la que os hablaba, Sydney Prosser — esa atracción mientras se besan apasionadamente en la tintorería que Bale regenta, tapadera de otros negocios más turbios que el lavado de vestidos de señora, rodeados por trajes que giran a su alrededor. Es la ruleta del amor, o quién sabe qué nos ha querido transmitir O. Russell desde su mente febril, pero el caso es que funciona para que sigamos convencidos de que hay química entre los dos personajes, y entre los dos actores que se anotan los mejores momentos de la cinta. Bale y Adams ya trabajaron con el director de Nueva York en The Fighter (2010), por la que Bale se llevó el Oscar al Mejor Actor de Reparto.

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“Sentía como si compartiésemos un secreto, sólo nosotros dos. Sabes, como cuando sientes que sólo quieres estar con una persona todo el tiempo y que sólo vosotros dos entendéis algo que nadie más comprende, como si pudiera decirle todo sobre mí mismo, y nunca hubiese tenido a nadie así antes en mi vida. Sentía como si finalmente pudiera ser yo mismo sin tener que estar avergonzado.”

Todo parece ser un camino de rosas, risas, paseos por la calle medio danzando de la mano como dos adolescentes, venta de cuadros falsos, cheques y cheques a su nombre… la pareja delincuente ideal. Prosser es la socia perfecta en las estafas de Rosenfeld, haciéndose pasar por una aristócrata inglesa, Lady Edith Greensley, acento británico incluido. El dinero y el amor fluyen, pero esto es el mundo real y no todo es perfecto. Bale está casado con Rosalyn (Jennifer Lawrence) una joven algo desquiciada —  por nombrar de alguna manera a esa histeria compulsiva e irritante que sufre —, que tiene un hijo de una relación previa al que Irving ha adoptado, y del que no quiere separarse bajo ningún concepto, temiendo el peligro de dejarlo sólo bajo la tutela de Rosalyn.

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A la pareja hay que sumarle otro tercero en discordia: Richie DiMaso (Bradley Cooper), un agente del FBI que se cruza en su camino. Ante los conflictos ocasionados por la relación de Irving con su mujer, y la investigación de la policía en la que se ven inmersos, Sydney comenzará a desarrollar un interés especial por él, al igual que el de DiMaso desde el momento en que se cruza con Sydney, dispuesto a hacer cualquier cosa por librarla de la cárcel. Aunque los sentimientos, más bien instintos, que Richie “the cop” comienza a desarrollar por la joven estafadora, parecen más reales que los del personaje de Adams, pues nunca sabemos si son parte de un plan maquiavélico, si realmente en algún momento se llega a sentir atraída por el personaje de Cooper, o si sólo quiere darle celos a Irving. La tensión explota entre ambos en una discoteca al ritmo del clásico “I feel love” de Donna Summer. Adams se convierte en la reina de la pista y Cooper, convenciéndonos de que el esfuerzo de aparecer en pantalla con los rulos en la cabeza —  momento  sólo comparable a la comicidad del de Alexander Skarsgård en True Blood, o el de la brillantina de George Clooney en O’Brother (2000) —  ha valido la pena para luego lucirse junto a Adams, en una escena en la que O. Russell nos hace descender hasta la pista de baile junto a sus protagonistas.

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Pero detrás de tanta luz estroboscópica y tanto atentado al buen gusto — no sólo en lo referente al vestuario y peluquería, sino también por alguna escena musical tan irritante como el personaje de Rosalyn/Lawrence — hay toda una trama de corrupción. Un alcalde italoamericano y bonachón, Carmine Polito (Jeremy Renner pegado a un tupé), cuatro congresistas, un par de gobernadores, inversores extranjeros (léase jeques árabes), y otros tantos hombres adinerados buscan montar un casino que generará muchos puestos de trabajo. No, no es Eurovegas, es la reconstrucción de Atlantic City lo que quieren llevar a cabo. Con licencias compradas con dinero negro y la ayuda de mafiosos como Victor Tellegio, un  infalible asesino de Miami que habla árabe — verdaderamente era así el tipo —, tras el que se esconde Robert De Niro haciendo un cameo, en uno de los momentos de tensión de la película, y convenciéndonos de que tiene experiencia en eso de regentar casinos.

DiMaso, con su ambición por ascender dentro del FBI, está dispuesto a todo. A ensañarse con su jefe (Louis C.K.), y a creerse todo lo que le diga la pareja formada por Irving y Sydney. Sobre todo esta última. Entre los tres, con la indeseada intervención en algunos momentos de la esposa de Irving, intentarán llevar a cabo un plan maestro para hacer feliz al fiscal de turno, Anthony Amado (Alessandro Nivola), que DiMaso haga méritos, y la pareja se libre de la cárcel. Hay una frase que Irving le dice a Richie al principio de su relación como cómplices, cuando van a un museo en el que hay expuesta una falsificación de un Rembrandt, y que define bastante el espíritu del filme y de la historia. Y es que el engaño es el fin último de cada uno de sus actos:

“La gente cree lo que quiere creer. Mira, el tipo que hizo esto era tan bueno que es auténtico para todo el mundo. ¿Quién era el maestro el pintor o el falsificador? Así es como funciona el mundo, no en blanco y negro como tú dices. Completamente gris”.

Ésa es la filosofía de vida de Irving y Sydney. La estafa es su manera de sobrevivir. El nuevo paso en la evolución. Estafar o morir.

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O. Russell nos vende su estafa, y me gustaría que nos hubiese engañado sin tanta nube de humo. Y sin escenas metidas con calzador, como una entre Adams y Lawrence, o las risas histriónicas, que al instante se convierten en gimoteos, de esta última. La exageración ya fue una de sus banderas en el papel que le dio el Oscar el pasado año como protagonista de Silver Linings Playbook (2012), pero aquí creemos que O. Russell ha bebido demasiado de ese recurso, mostrándonos un personaje limitado, que no tiene los matices que uno espera, que sí muestran otros de la historia, y que sí parecía tener el que le valió un Oscar, algo discutido. El problema de American Hustle es que ella misma parece una estafa. Su empeño por retratar de forma exagerada a esa American white trash que nos muestra, se vuelve inverosímil y nada seductor, como sí lo era el entramado de personajes de Boogie Nights (1997). Y me acuerdo de ese aclamado trabajo de Paul Thomas Anderson, porque también transcurría en los 70, y porque es otro autor contemporáneo norteamericano al que le gusta recurrir a personajes histriónicos y llevarlos al borde de la locura, de las emociones humanas, de los comportamientos más instintivos. Pero donde P. T. Anderson suele triunfar con majestuosidad, incluso con repartos corales de la magnitud de aquella, o de Magnolia (1999), O. Russell se embriaga de la lujuria que retrata y acaba por hacernos partícipes, a nosotros, sólo de la resaca. Al contrario que, por ejemplo, Scorsese o Sydney Lumet, expertos en entramados neoyorquinos con policía y estafadores de por medio. O. Russell acaba por edulcorar y ensuciar una historia y unos personajes, de los que se podía haber sacado mucho y que quedan reducidos a la caricatura más sórdida, o desaprovechados, como ocurre con el Irving Rosenfeld de Bale. Pero quién sabe, puede que tanto azúcar le valga el Oscar a la Mejor Película, pues ya se ha llevado el Globo de Oro a Mejor Comedia, y sus cuatro actores principales están todos nominados.

  • Fotografía

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  • Originalidad

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  • Banda Sonora

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  • Interpretaciones

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  • Diálogos

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3
Rating Puntuación Final

(no es la media)

Sobre El Autor

Encargada de adentrarnos en la psique de los cineastas malditos y fundadores de la Nouvelle Vague, también nos acerca a la música de influencia británica y francesa. Soñadora, rebelde y decadentista, es un hervidero de citas y referencias.

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