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- ¿Cómo se llama?
- Django.
- ¿Puede deletraerlo?
- D-J-A-N-G-O. La d es muda.
- Lo sé.

Por supuesto que lo sabe. El hombre que se esconde tras esa mirada azul cristalina, rodeada ahora de arrugas por el inevitable paso del tiempo, es Franco Nero, quien dio vida al mercenario y ex-soldado Django, en el año 1966, en la película del mismo nombre, a la que ya homenajeó Quentin Tarantino con su infame “escena de la oreja” en Reservoir Dogs. Aquella película, junto a otras del mismo patrón, fue la que alentó a Tarantino a aventurarse en un género que no había probado hasta ahora, pero del que han bebido muchas, por no decir todas, de sus películas.

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Spaghetti Western y esclavitud: el camino de Quentin

No es tarea fácil recuperar un género como el western, tan manido entre los años 50 y 70. James Mangold hizo un buen trabajo hace seis años, adaptando aquella 3:10 to Yuma del año 57 — basada en un relato de Elmore Leonard, el mismo escritor de la novela en la que se basó Jackie Brown de Tarantino —, sustituyendo en el cuadrilátero a Glenn Ford y Van Heflin por dos grandes de nuestra era, Christian Bale y Russell Crowe. Pero ese tipo de western, que aunque disfrazado de forajido acaba siendo éticamente correcto, no es el que le interesaba resucitar a alguien como Quentin Tarantino. Haciendo honor a su ascendencia, ya que iba a mancharse las manos, quería manchárselas bien de sangre y recuperar el western “de autor”, el europeo, del que heredó la estética el cómic de Frank Miller, el de los primerísimos planos y los héroes (más bien anti-héroes) aún más duros, más toscos e impertérritos que los del western de la América de los 50. Ése que traspasó fronteras, que huía del sentimentalismo y la moral de las cintas de John Ford, en el que los personajes no tenían miedo de caminar en el lado salvaje de la vida, de paisajes áridos de una gran belleza, de caras feas, y guapas, pero curtidas por las peleas, y en el que el sonido del viento, las espuelas y los galopes, eran composiciones dignas de una ópera, provenientes de la mente de Ennio Morricone. Western con nombre propio: spaghetti western, al que sólo una mente inquieta y ávida de combinaciones psicodélicas, como la de Quentin Tarantino, podría unir una trama sobre la esclavitud.

Lo que mueve a esta historia con apariencia de spaghetti western protagonizado por dos cazarrecompensas, haciéndola especial y única entre otros relatos de venganza, es el deseo de libertad de un hombre. Libertad que no sólo desea para él, sino también para su amada. Con esta premisa, no nos queda otra que dejar que Tarantino urgue en nuestro interior, activando nuestros neurotransmisores para hacernos reír, estremecernos, asombrarnos, intrigarnos, pero sobre todo, conmovernos. Como ya lo hizo con el intercambio de miradas entre Harvey Keitel y Tim Roth en Reservoir Dogs, como un padre e hijo accidentales, con Beatrix Kiddo y su pequeña en Kill Bill, o con el desamor sufrido por un magnífico Daniel Brühl traicionado por una heroica Mélanie Laurent, que también nos conmovió con su dolor y angustia contenidos, en Inglorious Basterds.

Tienes que seguir el viaje de Django hasta el final. Hay muchas emociones: la aventura de la acción, el humor negro que corre a través de ella, el dolor de la historia es la catarsis, y hay suspense, y esperamos que con todo eso la gente se divierta. Si la audiencia no se ha divertido, es que no he hecho mi trabajo.” (Quentin Tarantino)

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Dos Hombres y una muela

El viaje de un tipo llamado Django (interpretado por Jamie Foxx) con el que quiere, y consigue, entretenernos Tarantino, empieza en el lejano oeste, en Texas. Seguimos las huellas de unos esclavos que, en el año 1858, caminan descalzos y cabizbajos — su dignidad les ha sido arrebatada —, por en medio de un impresionante desierto rocoso, lleno de tantas cicatrices como la espalda de nuestro protagonista. En este escenario aparecen los créditos en un rojo sangre, un comienzo que bien podría estar firmado por el mismísimo Sergio Leone en el año 68, y no en el 2012. ¿Qué destino aguarda a estos pobres hombres? Ninguno esperanzador, hasta que en un oscuro y frondoso bosque, como sacado de una fábula de los Hermanos Grimm, aparece un hombre de buenos modales e inglés correcto, conduciendo un carruaje tirado por dos caballos, tan educados como él, y una muela danzarina movida por un muelle en el techo, anunciando su profesión: dentista. Es el alemán Dr. King Schultz. Y de dentista, aunque nunca le veamos ejercer, tiene más de lo que uno pueda creer a simple vista. Se encarga de quitarle las “caries” al gobierno: es un cazarrecompensas. Como Schultz le explicará más adelante a Django, “es un negocio de carne por dinero”, como la esclavitud, pero con el respaldo moral de perseguir a criminales, a los que Schultz debe dar captura vivos, o muertos. Schultz libera a Django, aparte de por su posición anti-esclavista, porque quiere que se una a él en la caza a tres hermanos perseguidos por la ley, los Brittle, en cuya plantación fue esclavo Django, y a quienes necesita que identifique.

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Así nace la alianza entre estos dos hombres, destinada a convertirse en una de las grandes amistades del cine. Django confía rápidamente en Schultz, y nosotros también, porque la actitud, los manerismos, el acento, y los modales de este pintoresco personaje, interpretado por Christoph Waltz — nuevo actor fetiche de Tarantino, que le valió grandes elogios gracias a su Hans Landa en Inglorious Basterds — , hacen que empatices con él desde que aparece en pantalla. Como un mentor, como lo fue Pai Mei para Beatrix Kiddo en Kill Bill, Schultz pasa sus conocimientos a Django, enseñándole a disparar como un profesional. Django no dudará en ayudarle porque desea fervientemente reecontrarse con los hermanos Brittle. ¿Por qué? Por venganza, como todos los grandes personajes de Quentin Tarantino. Las historias del director de Tennessee continuan como legado de las tragedigas griegas del siglo V a.C., y de las obras de Shakespeare, cuyos héroes, al igual que estos, no se conforman con “el olvido” como decía Borges, aquí la venganza es un plato que sabe mejor frío.

La venganza jamás es una línea recta. Es un intrincamiento. Y, en un intrincamiento, es fácil perderse. En tu propia senda, nunca debes olvidar de dónde saliste.” (Kill Bill)

Tarantino y su “quien hace la paga”

Esa búsqueda de la justicia, no divina, sino del hombre, y fuera de la ley, es un rasgo identificativo de la filmografía de este director, y la encontramos sobre todo en Kill Bill y en Inglorious Basterds. Es lo que dirige los actos de sus protagonistas, de Beatrix y de Shoshanna. Django se encuentra entre ambos personajes, puesto que su venganza es individual y colectiva. Busca vengarse por las atrocidades que cometieron sobre él y sobre lo que más quería en este mundo, su mujer, de la que le han apartado y en cuya búsqueda se embarca (como The Bride y su hija); pero en su cruzada contra los esclavistas, también encontramos esa idea colectiva, como la que lleva a cabo Shoshanna en venganza de su familia, y en última instancia de todo el pueblo judío. Allí era la religión, aquí la raza, distinciones sobre las que se han tratado de justificar terribles actos con el sólo propósito del dominio, el poder de unos sobre otros. Pero a Tarantino no le interesan los más “fuertes”, sino el underdog que, como el fénix, renace de sus cenizas y regresa cual fantasma de un crimen enterrado en el olvido para llevar a la tumba, consigo si hace falta, a sus opresores. Ésta es una trama típica de los western, no podemos olvidar una de las más importantes venganzas del cine, la de Once Upon A Time In The West de Sergio Leone, en la que el vengador por excelencia de los films de los 60 y 70, Charles Bronson, se enfrentaba a Henry Fonda, o la de For a few dollars more, del mismo director. Igualmente, una historia que parece haber marcado fuertemente a Tarantino, es la de El conde de Montecristo, un relato de venganza escrito por Alenxandre Dumas — padre, el hijo, también escritor, alcanzaría la fama con La Dama de las Camelias —, al que King Schultz menciona en la película, porque era descendiente de negros. Marie-Césette, una ex esclava negra, tuvo un hijo, Thomas-Alexandre Dumas, con el marqués de La Pailleterie, un importante hombre de Francia. Thomas-Alexandre llegó a ser uno de los generales de la Revolución Francesa, y su hijo sería el célebre escritor de la novela de venganza por excelencia.

Pero como Edmond Dantes, Django también tiene un gran amor que le impulsa a continuar adelante y llevar a cabo su venganza. Tarantino es capaz de transformar esta historia sangrienta en una fábula de búsqueda de la amada, inspirada en un mito germano, esa cultura que últimamente parece fascinar tanto al director, y de la que ha nacido el fantástico tándem Waltz-Tarantino. Schultz cuenta, con un encanto especial, a Django que el nombre que sus amos alemanes le pusieron a su esposa, Broomhilda, proviene de Brunhilde, la valkyria, hija predilecta de Odin. La valkyria cometió un acto terrible que desató la ira de su padre, quien decidió castigarla encerrándola en un castillo rodeado de llamas. Sigfrido, el héroe alemán de los mitos de los Nibelungos, escuchó la historia de la bella mujer encerrada, y consiguió entrar en el palacio y rescatarla. Django y Broomhilda von Shaft (Kerry Washington) fueron separados, vendidos a diferentes esclavistas, y ahora Django hará todo lo posible por encontrarla, y liberarla.

Expuesto el conflicto, Tarantino nos invita a embarcarnos junto a Schultz y un nuevo Django— libre y vestido con un traje azul eléctrico, con el que se asemeja a un Jimi Hendrix de finales del XIX —, hacia su meta: vengarse de los hermanos Brittle, y de todo aquel que se interponga entre él y Broomhilda. Esta epopeya nos llevará por varios escenarios del sur de Estados Unidos. El primer asalto, introducido por la canción que Luis Bacalov compuso para uno de los spaghetti western favoritos de Tarantino, His Name Was King (1971), en el que Klaus Kinski era un cazarrecompensas, enfrentará al equipo Schultz-Django al elegante y fanfarrón dueño de la plantación en la que ahora trabajan los hermanos Brittle, Big Daddy, interpetado por Don Johnson. En esta parte de la película tiene lugar una de las escenas más conmovedoras, cuando Django recuerda cómo intentó escapar, en el pasado, de los Brittle, junto a Broomhilda. En su breve carrera hacia la libertad, que vemos en flashbacks, suena de fondo ‘Freedom‘ de Anthony Hamilton, poniéndonos la piel de gallina. También tiene lugar una de las escenas más hilarantes, cuando Big Daddy y varios compinches suyos intentan acabar con el dúo de cazarrecompensas, encapuchados con unos sacos blancos, que hacen alusión a un furtivo inicio del Ku Klux Klan, y que irremediablemente trae a la mente otra brillante parodia de la organización, en la película de los hermanos Coen, O’ Brother!.

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Dicaprio y su doctorado en Frenología

Django y Schultz pasan un tiempo apartados de la civilización, en paisajes montañosos y nevados — rodados, como todo el film, en 35 mm anamórfico, dotándolo de una calidad excepcional —, que recuerdan a los de los clásicos del oeste, y donde nuestro héroe completa su aprendizaje, al ritmo de Jim Croce, en el oficio de cazarrecompensas. Seguirán los rastros de la venta de esclavos hasta Mississippi, donde la mujer de Django fue vendida a Calvin Candie, el propietario de una gran plantación llamada Candyland, que poco tiene de delicia. Candie es una caricatura de un señorito del sur, políticamente correcto, pero terriblemente incorrecto en sus actos, que poco a poco se revela como despiadado y neurótico, en uno de los papeles más irritantes, pero ejecutado a la perfección, de Leonardo Dicaprio. Candie es defensor de la frenología, pseudociencia del siglo XIX creada por el neuroanatomista alemán Franz Joseph Gall, que se hizo muy popular entre los esclavistas, ya que afirmaba la posible determinación del carácter y los rasgos de la personalidad, así como las tendencias criminales, basándose en la forma del cráneo, cabeza y facciones, defendiendo que los negros eran una raza “débil”, creada para ser dominada. Es en esta parte de la película donde se viven los momentos de máxima tensión. El bello reencuentro de Django con su “little troublemaker”, y las conversaciones entre Schultz y Candie, en torno a una mesa con una opulenta cena, con un Django desconfiado, que no aparta su mano de la pistola de su cinturón.

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La tensión de esta escena, sólo es comparable a la que ya nos hizo vivir Tarantino en Inglorious Basterds, con cigarrillos también de por medio, y una Shoshanna que al igual que Django, compartía mesa con su enemigo. Mélanie Laurent, en una magistral actuación, miraba a sus comensales con sus bellos ojos verdes, como un ave en cautiverio, escondiendo el pánico al ver a Hans Landa, el hombre que mató a su familia, con la serenidad y templanza de los valientes. Aquí, la profunda mirada de Jamie Foxx, en la piel de Django, es la de un hombre lleno de rabia, tristeza, y de sed de sangre, pero que al igual que Shoshanna, es capaz de aguantarlo todo. Las risas forzadas y la falsa complacencia que muestra Schultz, también nos recuerdan a la escena de Inglorious Basterds en la que Michael Fassbender, como el teniente Archie Hiscox, tenía que tomarse unas copas con los soldados nazis, y hacerse pasar por uno de ellos. Escena que acaba en un sangriento tiroteo, como en Django Unchained. El tiroteo de Candyland es otro de los momentos destacados de la película, una inyección de adrenalina, en la que la banda sonora está compuesta por el ruido de las balas, su impacto sobre la carne humana y el de los casquillos al caer al suelo, que preceden al silencio que dejan los muertos. Esta secuencia también ha sido una de las más comentadas por los críticos, y no tan críticos, que han calificado la película de intolerable, por su contenido sangriento. A nuestro ver, está claramente justificado por la trama, y dichos críticos, o bien sufren de hipersensibilidad (puede que vieran Videodrome (1983) y les haya causado un trauma irreversible); o bien sólo forman parte de ese grupo de la sociedad, que como los tres monos de Toshogu, prefiere vivir en la ignorancia, cuando los propios actores que han participado en la película, a la cabeza Jamie Foxx — nacido y criado en Texas, durante su infancia tuvo que soportar muchos comentarios racistas —, han reconocido que la esclavitud fue tan o más brutal de lo que se muestra en la película.

¿Samuel L. Jackson? DNI o disparo

El tercer acto arranca con la segunda y definitiva liberación de Django, convertido ya en un “vigilante” profesional — como dice la magnífica canción de John Legend que suena, ‘Who Did That To You‘ —, y culmina con el regreso de Django a Candyland, para recuperar a Broomhilda. La última estrella de este acto es un irreconocible Samuel L. Jackson, con una impecable interpretación del esclavo y mayordomo de Calvin Candie, el sumiso y astuto Stephen. Este personaje, con su pelo blanco y su temblor de Parkinson, es la representación última de la aceptación de la dominación. El esclavo que acepta el racismo hasta tal punto de ser él mismo racista con los de su propia clase, y de no aceptar que sean tratados como los blancos, y al que sus “amos” dan un trato de favor por su lealtad. Es el “tío Tom” de la cinta, el tipo de racismo que también vimos en la criada de Guess Who’s Coming to Diner (1967).

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Muchos años han pasado desde Pulp Fiction, pero Samuel L. Jackson sigue siendo la guinda perfecta para Tarantino. Ahora es él quien está amenazado por una pistola, no como hace casi 20 años atrás, cuando interpetó a Jules, y él era el que tenía el arma y dominaba la situación, antes de recitar aquel mítico pasaje de Ezequiel 25:17, palabras que bien servirían para describir las injusticias a las que es sometido Django: “El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por la injusticia de los egoístas y la tiranía de los hombres malos”. Como esa frase pasó a la historia, pasarán las que intercambian Foxx y L.Jackson, cuando Stephen le dice: “I count six shots nigger”, y Django le contesta: “I count two guns nigger”. Viene a la mente en este ingenioso momento, la frase que Clint Eastwood dirigía, interpetando al icónico detective Harry Callahan en Dirty Harry (1971), al criminal abatido en el suelo: “Sé lo que estás pensando: ¿he disparado seis o sólo cinco veces? La verdad, con todo este ajetreo, yo también he perdido la cuenta, pero dado que esta pistola es una Magnum 44, el arma más poderosa del mundo, que puede volarte la cabeza de un tiro, sólo tienes que responderte a ti mismo: ¿es mi día de suerte?

Cuando a Quentin Tarantino, en una entrevista, le preguntaron qué le diría a alguien que quisiese alquilar Django Unchained, si siguiese trabajando en el videoclub de películas en el que trabajaba en su juventud, el director contestó: “le diría que es un western con mensaje, narrado con una voz moderna, pero con una historia clásica de fondo.” Y eso es Django Unchained, una trama llena de acción trepidante, con un fascinante humor negro, una fotografía y banda sonora dignas de un clásico, y una trama conmovedora. No esperen ver un tratado filosófico sobre la esclavitud, sino simplemente una muestra de la realidad existente en el sur de Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX, relatado desde el prisma óptico de Quentin Tarantino, y con un mensaje claro: todo hombre tiene derecho a la libertad, y si ésta le ha sido arrebatada, hará todo lo posible por conseguirla. La venganza está servida. Como dijo su protagonista, Jamie Foxx: “Viendo esta película, te das cuenta de lo que tuvieron que pasar ellos, para que nosotros tuviéramos una voz”.

  • Banda Sonora

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  • Fotografía

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3.5
Rating Puntuación Final

(no es la media)

Sobre El Autor

Encargada de adentrarnos en la psique de los cineastas malditos y fundadores de la Nouvelle Vague, también nos acerca a la música de influencia británica y francesa. Soñadora, rebelde y decadentista, es un hervidero de citas y referencias.

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