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No sé si habrás tenido esa conexión. Esa mirada a través de una mesa, o el codazo involuntario sentados el uno junto al otro. El roce de manos, la sonrisa entre la multitud, las risas inapropiadas, sobre chistes que sólo vosotros dos entendéis. Y no estoy hablando de una pareja. De una pareja al uso, de las que se presentan en sociedad diciendo que están saliendo juntos, sino de esas parejas que nacen de forma espontánea. En el trabajo, en clase, en grupos de amigos. Parejas que llamamos “colegas” como eufemismo de amigos con prefijo, con la f-word, o a la antigua usanza: “con derecho a roce”. Pero lo curioso, cuando tienes de verdad esa conexión, es que acabas por no sumarle esa coletilla y todo acaba siendo sólo una amistad desinteresada. Aún sabiendo en el fondo, y en la superficie muchas veces — porque hay cosas incontrolables, llámalo instinto, pasiones, ¿amor? — que dista mucho de ser desinteresada, porque hay una de las dos partes, o incluso las dos, que estaría dispuesta a dar un paso más. Pero como si hubiera una prohibición tácita, una ley no escrita, como esas líneas que pintaron en el suelo de las consultas médicas desde la gripe A, y que uno todavía no se atreve a cruzar porque el “espere su turno detrás de la línea” y el color rojo continúan intimidando — sobre todo si uno tiene predisposición a la hipocondría —, ninguno de los dos se atreve a darlo.

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Esto podría ser una disertación sobre las relaciones humanas, la amistad vs. la atracción física, cada uno que lo catalogue como quiera, pero es sólo para hablarte de la fuerza motriz de Drinking Buddies. Joe Swanberg (referente del mumblecore), su director y guionista, comienza presentándonos a dos parejas: la formada por Kate (Olivia Wilde) y Chris (Ron Livingston), y la de Luke (Jake Johnson) y Jill (Ana Kendrick). En este prólogo, que se prolonga con el viaje de fin de semana de las dos parejas a la casa de campo de Chris, uno tiene la misma sensación que en Last Night (2010) de Massy Tadjedin. El potencial de una de las parejas — allí Guillaume Canet y Keira Knightley, barriendo de la escena a unos fríos Eva Mendes y Sam Worthington —, deja obsoleta a la otra. En Drinking Buddies ocurre de forma aún más predemeditada, puesto que ese viaje no es más que la introducción a la historia de esa “pareja” de la que os hablaba, la inusual que forman dos colegas, Kate y Luke, entre los que la amistad se encuentra siempre al borde de ser algo más. Algo que parece estar al punto de estallar durante todo el metraje. Especialmente por parte de Luke, aunque las miradas y el comportamiento de Kate revelan lo mismo, pero evita por todos los medios, quizá por la amenazante presencia de la novia de éste, algo que Luke está dispuesto a intentar si ella sólo dijera sí a alguna de sus propuestas.

La aparición de sus respectivas parejas es sólo esa excusa, que sabiamente utiliza Swanberg, para que Kate y Luke pasen más tiempo juntos y veamos cómo la dinámica entre ellos dista mucho de la que mantienen en sus respectivas relaciones. En el caso de Luke, a pesar de su evidente interés en Kate, parece que la relación con Jill fluye de forma natural hasta que somos testigos de una escena clave en la que Kate cena en casa de la pareja. El lenguaje corporal entre los tres es claramente revelador. Jill sobra. Se interpone entre ellos. Luke y Kate están incómodos, mientras que cuando están a solas, como en la escena anterior en la cervecería en la que trabajan, se comportan de forma espontánea.  Juntos, son ellos mismos.

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Olivia Wilde y Jake Johnson soportan el peso de la cámara, los primerísimos planos, con una química natural e intensa entre ambos, haciendo que mientras los minutos van pasando sintamos que conocemos desde hace mucho tiempo a sus personajes. La Kate descuidada e impulsiva respira por cada poro de la piel de Wilde, demostrando cada día que merece ir teniendo un lugar destacado en el cine estadounidense. Johnson vuelve a interpretar, con su encanto particular, a un tipo con un gusto cotidiano por el alcohol y un gran sentido del humor, como el genial Nick Miller de New Girl. Aún con esas similitudes, poco tienen que ver ambos personajes. Luke es mucho más comedido. Miller se hubiera metido en el agua con Kate sin dudarlo.

La razón por la que me preguntaba si has tenido esa conexión, antes de ponerme metafísica, es porque si nunca la has experimentado quizá no consigas llegar a conectar, valga la redundancia, con Drinking Buddies. A lo mejor cuando llegan los créditos piensas: “¿no hubiera sido más fácil dar el brazo a torcer y haber evitado todo este tiempo?“. Tiempo que, permíteme el inciso, se pasa sin que nos demos cuenta gracias a la brillante habilidad narrativa de Swanberg y a la química de sus protagonistas. Pero Swanberg no se lo pone fácil a sus personajes, ni su orgullo e inseguridades, a ellos mismos. Juega a crear la misma tensión, el mismo colegueo con vistas a algo más, que Sofia Coppola en Lost in Translation (2003) con Bob y Charlotte. Allí entre dos desconocidos, aquí entre dos viejos conocidos, que al final llegan a ser lo mismo, porque uno a veces acaba teniendo más confianza con alguien a quien conoce de una noche que con una persona a la que ha de ver todos los días, especialmente si es en el trabajo, con el qué pasará mañana rondando nuestra mente, impidiendo que uno se sienta libre para cometer una locura.

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Si alguna vez has tenido esa conexión, o si la tienes ahora mismo, mientras lees estro, mientras ves Drinking Buddies, esta película te golpeará muy adentro. Seguramente también te hará replantearte si deberías seguir que las cosas sigan su curso, o romper con todo y coger lo que de verdad deseas. Y no me refiero a las patatas fritas y a la pieza de fruta.

  • Fotografía

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  • Originalidad

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  • Banda Sonora

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  • Interpretaciones

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  • Diálogos

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4
Rating Puntuación Final

(no es la media)

Sobre El Autor

Encargada de adentrarnos en la psique de los cineastas malditos y fundadores de la Nouvelle Vague, también nos acerca a la música de influencia británica y francesa. Soñadora, rebelde y decadentista, es un hervidero de citas y referencias.

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