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Se abre el telón y, aún sabiendo que el propio Scorsese ha dicho que estamos ante “la historia de una locura”, hay que mentalizarse. Seriamente. Durante tres horas las líneas de cocaína van a correr por nuestro cerebro, nuestros ojos, hasta salirnos por las orejas. Y las quaaludes. Y las prostitutas. Y la “F-word” ― Tarantino, Scorsese te debe de haber quitado el récord de tacos en una película, lo sentimos. No sólo por las veces que lo dicen, que bastarían, sino también por las que lo materializan ―, y el alcohol, y las fiestas en piscinas que se convierten en actos de onanismo públicos. Y los enanos volando, y los chimpancés, yates y prostitutas de lujo, de no tan lujo… incluso baratas, cocaína ― ¿había dicho ya cocaína, o era prostitutas? ―, coches de esos con los que nos ponen los dientes largos los futbolistas de los grandes clubes, y fiestas “de empresa” a las que Calígula se hubiera apuntado sin pensarlo dos veces. Porque detrás de una orgía viene otra. Es más, no hace falta que la empresa celebre nada para que el sexo tenga lugar en los baños. Más de uno hubiera sido feliz trabajando en la boiler room de Stratton Oakmont. Todos esos vicios mundanos, maná de los yuppies que le acompañan, y del propio Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio), nuestro antihéroe narrador de la cinta, sirven para mantenerles en buena forma. Y es que en el mundo de las inversiones financieras, como el propio Belfort nos alecciona en los primeros minutos del filme, hay una droga que en el piedra, papel o tijera ganaría siempre, porque compra a todas las demás. Una por la que hay que hacer lo que haga falta. Es un bien mayor al que todo hombre, que de verdad quiera considerarse y sentirse como tal, debe servir:

De todas las drogas bajo el cielo azul del Señor hay una que es mi gran favorita. Veréis, la cantidad suficiente de esta mierda te hará invencible, capaz de conquistar el mundo y de aniquilar a tus enemigos. Veréis, el dinero no sólo te compra una vida mejor, mejor comida, mejores coches, mejores coños, también te convierte en una mejor persona”.

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Y es que sí, amigos: No money, no party. Sin dinero no eres nadie en esta película, ni en el Nueva York que retrata. Belfort se ocupa de recordárnoslo durante el 99% del metraje, de grabárnoslo a fuego en la mente, como se lo recuerda a sí mismo cada día cuando calcula los millones y millones que ha conseguido. Y a veces se siente insatisfecho porque por unos miles de dólares no ha llegado a una cifra redonda. Qué difícil es la vida del bróker. Sobre todo sabiendo que el precio que hay que pagar por conseguirlo es el de la rutina del “dios de las tetas y el vino”, a.k.a Tyrion Lannister de Game of Thrones. Belfort aprende esta lección pronto. Con veintipocos y una fuerte convicción de que algún día será el rey del mundo ― Scorsese le ha dado una segunda oportunidad a DiCaprio, tras tener que sufrir a James Cameron y a su Titanic ― llega a un Wall Street al borde de la crisis del Lunes Negro del 87, en el que pronto se empapará del arte del engaño, los bonos basura, y el “tu bolsillo es mi bolsillo”. Ladrones de guante blanco que, con una llamada desde su oficina en la capital del mundo financiero, irrumpen en las cuentas de millones de estadounidenses dispuestos a invertir en un producto del que nunca antes han oído hablar, pero que el embaucador profesional de turno hace que suene a la última maravilla.

“El cliente compra, o muere”.

El arte del engaño no es tan fácil como parece. Hay que tener magia. Que la llamada funcione en el instante, como lo hace el chasquido de dedos, la agitación de varita y sombrero del prestidigitador. Belfort comienza en esta historia como aprendiz del mejor brujo, un magnético Matthew McConaughey. Tan apasionante y apasionado como efímero, pues sólo disfrutamos de él en los primeros minutos del filme, pero siendo la pieza clave para el ascenso de Belfort. El señor Hanna es un McConaughey trajeado, con un desparpajo, una elegancia y un gusto por el alcohol que parecen innatos. Nos recuerdan a ese viejo dandy llamado Roger Sterling, al que interpreta con especial encanto John Slattery en Mad Men. Aquí Belfort es el Draper de Hanna, dispuesto a comerse el mundo… y otras cosas. Hanna le enseñará una lección y un mantra, en forma de cántico tribal, con unos golpecitos en el pecho, que si no fuera porque McConaughey parece tomárselo muy en serio, nos parecería absurdo, pero su entusiasmo hace que incluso sigamos el ritmo.

Jordan: Señor Hanna, ¿cómo es capaz de tomar drogas durante el día y aún así hacer su trabajo?
Hanna: ¿Cómo si no podrías hacer tu trabajo? Cocaína y prostitutas, amigo mío.

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Credo y cántico aprendidos, Belfort ya puede convertirse en el F-cking Master of the Universe. Aunque no contaba con el Lunes Negro que arrolla a Wall Street, y al señor Hanna de la narración. La coyuntura hará que Belfort tenga que buscar un nuevo lugar en el que empezar de cero, y donde construirá su imperio. Long Island. La pequeña oficina en la que comienza ― con un simpático cameo del gran Spike Jonze ― será transformada con su habilidad, a la velocidad del rayo, en la sede de una empresa multimillonaria. Y para cabalgar sobre montañas de polvo blanco y trozos de papel verde, Belfort cuenta con un equipo cuanto menos variopinto y peculiar, formado por sus viejos amigos. Patanes sin escrúpulos dignos de cualquier grupo de mafiosillos de una película de Scorsese, a los que se suma un genial Rob Reiner, como padre de Belfort.

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No tardará en unirse a ellos, el que se convertirá en brazo derecho de Belfort, Donnie. Un vecino de su bloque de pisos, que atraído por su nivel de vida, le pide subirse al barco. Jonah Hill está tras este personaje con aspecto de nerd fracasado, con una prima hermana por esposa, y que con un comportamiento irritante nos ofrece en sus escenas junto a DiCaprio los momentos más hilarantes del filme. La secuencia en que abusan de los quaaludes es una de las más frenéticas que he visto en mucho tiempo. Lo absurdo, histriónico, y descabellado se unen y nos dejan a un DiCaprio espasmódico e increíble tratando de gatear hasta su coche, rodando por las escaleras, balbuceando sin sentido, con una mueca desfigurada en la cara. La pelea sobre la mesa de la cocina de su mansión, con un Hill al borde de la muerte por glotonería, y cable de teléfono de por medio, producen la carcajada involuntaria, mientras sabes que Donnie está a punto de echar por tierra todo lo que Belfort ha conseguido.

Por supuesto en el ascenso hasta la gloria, Belfort cuenta con reportaje en Forbes incluido, donde es retratado como un Robin Hood del siglo XX que quita el dinero a los ricos para dárselo a sí mismo; y con una mujer ex modelo, Naomi. Desde el momento en que Belfort posa los ojos sobre la modelo a la que interpreta con talento Margot Robbie, en una excéntrica pool party ― de ésas que aparecen en todos los videoclips de raperos y divas pop de los éxitos de la MTV ―sabemos que su primera mujer, una plain Jane (Cristin Milioti) va a desaparecer pronto de su vida para ser sustituida por esta atractiva y ambiciosa rubia, más acorde con la vida de exceso y opulencia del nuevo Belfort.

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Un Belfort al que desde el estrado de la empresa, como predicador en su púlpito, adoran sus empleados de Stratton Oakmont  bajo el grito de “wolfie, wolfie”. Esos a los que si con ello puede escapar de la cárcel, o al menos reducir su condena, delatará sin miramientos. Una empresa en la que, como en una Esparta moderna, sólo pueden sobrevivir los aptos para la guerra. La guerra de las finanzas. Los que son capaces de convertir cada llamada en ingresos de miles y miles y miles de dólares. Belfort sólo quiere lobos en sus filas. A Hobbes le hubiera encantado pasearse por las mesas de estos depredadores del siglo XX para reafirmar su teoría.

En esta espiral de desenfreno, en la que parece que no hay tiempo para la resaca, pues siempre hay alguna fiesta a la que atender, alguna ralla que esnifar, o algún que otro viaje a Suiza que realizar ― con aparición estelar del oscarizado Jean Dujardin como banquero ― se desenvuelve la mayor parte del filme. Y funciona.

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Porque Scorsese está tras la cámara, DiCaprio delante de ella, inmenso y adorablemente repelente; Terence Winter, guionista de Los Soprano y creador de Boardwalk Empire, se ha encargado de adaptar las memorias del verdadero Beflort; y los Lemonheads y su versión de “Mrs. Robinson” acompañan a nuestros oídos. Pero llega un momento en que tanta fiesta tiene que pasar factura. Cuando viene la tormenta ― momento en el que nos preguntamos si le pasó a Belfort de verdad, que así fue, o es que DiCaprio echaba de menos los barcos inundados ― sentimos que a nosotros también nos está empezando a llegar el agua un poco al cuello, como al protagonista. Los pobres desgraciados del FBI que no comen langostas, ni caviar, ni tienen yates con prostitutas, sólo viajes en el infernal metro en pleno verano neoyorquino, le están pisando los talones. El lobo va a ser cazado, pero no por mucho tiempo. Aunque habrá momentos en que se tambalee su vida, y en los que Belfort mostrará su vena más violenta. Momentos que cortan por lo sano con el aire de comedia histriónica de toda la cinta, y que nos paralizan por el buen hacer de sus actores ― DiCaprio, qué no te mereces ya ―, pero no tan dramáticos, quizá porque llevamos demasiadas horas inmersos en la banal vida del protagonista y nos hemos vuelto inmunes al drama, como los enfrentamientos de Casino (1995) entre Robert De Niro y Sharon Stone, aquí en una especie de joven versión de aquellos materializada en la pareja de DiCaprio y Robbie. Pero Casino es una obra maestra que sabemos que no es fácil de igualar, aunque Scorsese haya vuelto a ofrecernos otras tres horas de película de alto voltaje.  Y es que en este nuevo ejercicio demuestra que aún tiene pulso para seguir dándonos vueltas a la cabeza, haciéndonos girar en su carrusel de vanidades, excentricidades y dinero, mucho dinero. Y la fórmula sigue deleitando, al menos durante gran parte del metraje.

  • Fotografía

    Rating
  • Originalidad

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  • Banda Sonora

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  • Interpretaciones

    Rating
  • Diálogos

    Rating
3.5
Rating Puntuación Final

(no es la media)

Sobre El Autor

Encargada de adentrarnos en la psique de los cineastas malditos y fundadores de la Nouvelle Vague, también nos acerca a la música de influencia británica y francesa. Soñadora, rebelde y decadentista, es un hervidero de citas y referencias.

2 comments

  1. Mara, te felicito por la crítica de la película de Scorsese, creo que es muy acertada y sobretodo me gusta el estilo con el que está escrita.
    No habia visto nunca esta página, pero voy a echar un vistazo a las puntuaciones de las demás películas para llevarme alguna recomendación. Seguro que tus “gustos” serán interesantes.

    Chau.
    V.

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