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Le Diable au Corps. Así reza el título de la primera y penúltima obra en prosa de Raymond Radiguet, cuya vida empezó en 1903 y finalizó tan sólo veinte años más tarde a causa de una fiebre tifoidea. Escribió una de las novelas que más polémica crearon en la Francia del siglo XX en plena adolescencia, a los diecisiete años de edad. Y es que es bien conocida la represión que existía en aquella época en cuanto a libertad de expresión en todos los medios, y, como es obvio, también en la cultura – cine y literatura -.

No podemos negar que resulta, cuanto menos sorprendente, que un muchacho tan joven fuese capaz de escribir un libro de tan alta calidad literaria como para que Jean Cocteau, uno de los más conocidos artistas (poeta, novelista, pintor, etc.) del siglo pasado, decidiese apoyarlo, convirtiéndose en su protector y asesor literario. Aquel se enamoró del talento de Radiguet, lo que le permitió descubrir el mundo del periodismo y la escritura del París del siglo XX. Y no sólo eso, El diablo en el cuerpo ha pasado la prueba de fuego que a todo escritor vocacional le gustaría lograr: que un siglo después su libro se siga editando, publicando y, lo que es más importante, que se continúe leyendo.


Pero no se le da únicamente un uso de “leer por puro placer” o por mero entretenimiento. En centros docentes británicos, en los que los alumnos realizan la “selectividad inglesa”, gestionada por los directivos de la Universidad de Cambridge, El diablo en el cuerpo ha sido (y quizá sigue siéndolo), una lectura obligatoria de aquellos estudiantes que eligieron Francés como asignatura optativa del curso de Bachillerato. En esa misma selectividad, pero en el caso de la asignatura de Literatura española, era preceptivo leer el mundialmente conocido Don Quijote de La Mancha.

No es cuestión de realizar comparación alguna entre ambas obras, pues sería absurdo y una pérdida de tiempo. Únicamente me gustaría resaltar lo curioso que resulta el hecho de que, por un lado, una novela (la de Radiguet), de breve extensión y redactada por un adolescente, haya alcanzado análoga notoriedad al genial Don Quijote en, al menos, un reducido ámbito educativo (del cual, no obstante, merece subrayar su importancia en cuanto a prestigio a escala no sólo europea, sino también mundial).

Es sin duda un fenómeno que ocurre en muy contadas ocasiones. Sin embargo, el caso de Radiguet no es un hecho aislado. Su comparación con Rimbaud es inevitable – de hecho, a Radiguet se le llamó “Le noveau Rimbaud” (“El nuevo Rimbaud”) -. Y es que no cabe duda de que con el paso de los años se viven experiencias y se adquieren conocimientos que enriquecen no sólo nuestras vidas, sino también nuestros espíritus y pensamientos; alimentan nuestra creatividad e imaginación. Pero ello no obsta para que una persona que no ha alcanzado aún los veinte años sea capaz de producir, no una obra literaria extraordinaria, pero sí una historia que siglos después de su primera edición continúe despertando interés entre la sociedad y que, además, se utilice como instrumento educativo más allá de la etapa de lo que se conoce como enseñanza obligatoria.

Se dice que El diablo en el cuerpo es una obra autobiográfica, aunque Radiguet siempre lo negó. No obstante, fue públicamente conocida la relación amorosa que experimentó en 1918, cuando apenas había cumplido los 15 años, con una muchacha llamada Emma, dos años mayor que él, la cual estaba prometida con un militar. Ésta resulta ser su inspiración para la novela.

El sabor del primer beso me había decepcionado, como la fruta que se prueba por primera vez. Los mayores placeres no están en la novedad sino en la costumbre.

En ella Radiguet oculta los lugares en los que el protagonista y único narrador, François Jaubert, ha estado, escribiendo tan solo la primera letra de aquellos, seguramente con la intención de ocultar los datos de su relación con Emma: “Vivíamos en F…, junto al Marne”; “Pronto dejamos de acudir a J…”. Además, la historia transcurre durante la Primera Guerra Mundial – más concretamente, aquella se inicia poco antes del comienzo de la Gran Guerra y finaliza una vez acabada también ésta -, conflicto que el mismo Radiguet experimentó.

Fue precisamente durante esos años cuando tejió un gran talento para escribir y adquirió la inspiración que todos necesitamos para comenzar una novela. En la barca de su padre, amarrada en las orillas del Marne, leyó con avidez a los moralistas y narradores de los siglos XVII y XVIII; desde Stendahl hasta Rimbaud o Proust. Todos ellos le aportaban más que asistir a clase en el liceo. Pues bien, casualidad o no, al principio de la novela podemos encontrar el siguiente pasaje: “Paseaba solo a orillas del Marne [...]. Llegaba incluso a subir a la barca de mi padre [...]. Leía, tumbado en la barca. Entre 1913 y 1914 desfilaron por allí doscientos libros”. Incluso François deja de asistir al Henri IV, conocido instituto de enseñanza media en París, tal y como hizo Radiguet; ambos cambiaron los estudios por el placer de la lectura.

El protagonista de la novela, François, es un adolescente abúlico y mentiroso que se inicia en los artes del amor con una muchacha pocos años mayor que él, pero ya prometida con un militar. Las falacias que ingenia para poder estar con ella son constantes, pues, como es obvio, no sería una relación bien vista por nadie con un mínimo de principios y valores. Sin embargo, el affaire acaba convirtiéndose en un secreto a voces. Él engaña a su familia; ella engaña a su madre y a su prometido, el cual está en la guerra, luchando por su patria, mientras que François se escabulle de la escuela para estar con su amada que, como es de prever, deja encinta. Ella, Marthe, resulta ser para el adolescente una profesora particular en las artes amatorias. Así, ambos se zambullen en una relación que comienza como mero entretenimiento pero que, sin darse ellos cuenta, se convierte no sólo en una relación de pareja – aunque sea a espaldas del mundo -, sino también en un quebradero de cabeza, especialmente para él. Es quizá el paso a la madurez del protagonista, que de pronto se ve atrapado en una red de la cual no puede escapar. Todo ello se mezcla con su confusión emocional, pues al principio no es capaz de reconocer sus sentimientos; esos sentimientos que le llevan a citarse con Marthe, a besarla y a yacer con ella, sin saber por qué.

Nada más delicioso que aquella inesperada intimidad entre personas que apenas se entienden.

La historia tiene también bastantes elementos de cinismo, de desafío a una moral burguesa y hasta de exhibicionismo adolescente, pero más cínico y exhibicionista aún es el estilo en que cuenta todo el protagonista. No resulta difícil imaginar por qué esta novela provocó tanto escándalo en su tiempo; un muchacho y una mujer prometida con otro hombre mantienen a escondidas una relación prohibida. Además, el futuro marido de ella no es un cualquiera; muy al contrario, es un honorable militar que está defendiendo a su país contra los enemigos, jugándose la vida por aquél, lo que incluye a su prometida infiel y a un adolescente sin porvenir que se mofa de todos los que le rodean y que se da el lujo de amar a la futura esposa de un militar y de despreocuparse de la Guerra que tiene en vilo a su país. No sólo eso, el protagonista se describe a sí mismo casi como un héroe; en varias ocasiones a lo largo de la novela explica cómo se siente por encima de sus compañeros de clase, describiendo a éstos como mediocres. “Seguramente ya se habían enterado de que había encargado a un niño de primaria que llevase una carta a una “tía”, como dicen los colegiales en su rudo lenguaje”. Se distingue a sí mismo de sus compañeros, como si él fuese superior a ellos. Si juntamos todos los factores antedichos, obtenemos un ser humano despreciable para la sociedad francesa de 1900. ¿Podría, por aquel entonces, aceptarse que una persona así protagonizase una novela, dando un ejemplo pésimo a los adolescentes de la época? En absoluto.

Llevé mi malicia hasta el extremo de hacerles oír lo que hubiesen deseado que escucharan los otros.

Así, Radiguet entremezcla los sentimientos de un muchacho precoz con el trasfondo de la época tumultuosa y miserable que le tocó vivir. Transmite al lector esa ilusión del primer amor, pero antepone a ello el desencanto, la oscuridad y la amargura del siglo siniestro que comenzaba. Disecciona el amor, o lo que el protagonista siente como tal, con un bisturí que en manos del escritor es su pluma.

Nada absorbe tanto como el amor. No es que se sea perezoso, sino el hecho de que estar enamorado implica pereza. El amor advierte de forma confusa que su único sustituto real es el trabajo. Por eso, lo considera como un rival… Pero el amor es pereza bienhechora, como la suave lluvia ligera que contribuye a la fecundidad.

Desconozco si la intención de Radiguet era la de que el lector sintiera lástima por el protagonista, por él mismo, al fin y al cabo, pero consigue que nos compadezcamos de él. Quizá escribió la novela con el fin de justificarse por esa aventura prohibida en una etapa en la que debería haber estado preocupado por el conflicto y no por su relación con una mujer prometida; o quizá no. Sea como sea, para una mera lectora como yo, eso es lo de menos. El fin último de una novela es el de entretener y, por qué no, el dejar huella en el transmitente de las palabras en ella escritas.

¿El egoísmo de los niños es tan distinto del de los mayores? Durante el verano, en el campo, maldecimos la lluvia, mientras que los labradores la bendicen.

Siendo sincera, la narración en sí no es una obra maestra, pero el hecho de que fuese escrita por una persona tan joven y que, además, tuviese la valentía de escribirla durante una época de guerra (y post-guerra) y de represión, creo que aumenta el valor de la novela. También es importante señalar que lo que a Radiguet le importaba no eran los sucesos que el protagonista vivió, sino el efecto que produjeron en él. Por ello, no os esperéis un relato enrevesado y repleto de cientos de personajes y de historias varias. Es una lectura sencilla, pero a la vez dura y donde se plasman, con sinceridad, los sentimientos de una persona de carne y hueso. Si Radiguet no hubiese fallecido a tan corta edad seguramente su escritura habría madurado hasta el punto de convertirse en un escritor formidable. Lástima que el mundo se despoje siempre de los mejores.

Dicen que no puede compararse el ver una película basada en un libro con leerlo, pero para aquellos que andéis faltos de tiempo, o para los que simplemente queráis pasar una buena tarde de cine, quizá os interese saber que la novela se ha hecho película en dos ocasiones: Le diable au corps, de Claude Autant-Lara, 1947 y Il diavolo in corpo, de Marco Bellocchio, 1986.

Escena de la adaptación cinematográfica de Claude Autant-Lara, protagonizada por Micheline Presle (Marthe) y Gérard Philipe (François).

Al igual que la novela, el filme del cual está extraída esa escena suscitó una oleada de indignación. En Burdeos el clero intentó impedir su exhibición; los padres de los escolares, la Asociación de Veteranos, y otras organizaciones similares sostuvieron en Bretaña que la obra era moral y políticamente inaceptable; al exhibirse en el Festival de Bélgica (1947) el Embajador francés se retiró de la sala. Hubo defensores, como Jean Cocteau que con evidente sarcasmo dijo: “Vendrá un día, ¡ay!, en que los periodistas escriban: Es una vergüenza mostrar filmes en colores a madres de luto”.

Como dato curioso y sí, también morboso, os dejo las últimas palabras que Raymond Radiguet le dirigió, precisamente, a su fiel amigo Cocteau y que éste escribió en el prefacio de la segunda y última novela de Radiguet, Le Bal du Comte d’Orgel (El Baile del conde de Orgel):

“Escuche, me dijo el 9 de diciembre, escuche una cosa terrible. Dentro de tres días seré fusilado por los soldados de Dios.” El 12 de ese mismo mes, Raymond Radiguet fallecía.

Es más, hacia el final de El diablo en el cuerpo parece que Radiguet tenía ya el presentimiento de su propia muerte: “Un hombre desordenado y que va a morir y que no lo duda suele poner orden a su alrededor. Su vida cambia. Clasifica sus papeles. Se levanta temprano, se duerme a buena hora. Renuncia a sus vicios. Su muerte brutal parece todavía más injusta. ¿Viviría feliz?”.

A su juicio, no. ¿Decidió por ello aprovechar sus últimos años de vida tal y como a él se le antojó, a sabiendas de que su comportamiento no era el que se esperaba de un muchacho como él? Sí, no. Qué más da. Ahora la respuesta es imposible de descifrar. De lo que no cabe duda es de que Raymond Radiguet fue un ser único en su especie, un agitador de la sociedad al que poco le importaba lo que pensaran de él. De esas personas adelantadas a su tiempo y un ejemplar nacido en muy contadas ocasiones.

El instinto nos guía; y es un guía que nos conduce a la perdición.

3.5
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(no es la media)

Sobre El Autor

De pequeña los libros eran para ella como las cookies para el Monstruo de las Galletas: nunca tenía suficientes. Optimista y errante, sus años se dividen en otoño, invierno, primavera y FIB.

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