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12 years a slave (12 años de esclavitud) cuenta la historia de Solomon Northup. Secuestrado por unos traficantes fue transportado del Norte donde vivía libremente, al Sur, para ser vendido y convertido en esclavo. En su odisea particular pasó por las manos de varios dueños de plantaciones, durante 12 años. Cuando consiguió ponerse en contacto con sus parientes, y por mediación del gobernador de Nueva York y de una reciente ley de  dicho Estado para proteger a los afromericanos libres a los que se intentase capturar, fue puesto en libertad en 1853. Un año después publicaba sus memorias con el título de 12 years a slave, donde narraba la infernal experiencia. Más tarde se dedicaría a dar conferencias por todo el país, convirtiéndose en uno de los grandes defensores del abolicionismo. Su relato, como el informe de Kurt Gernstein fue testimonio de las masacres de los Nazis durante la Segunda Guerra Mundial, contribuyó a que en Estados Unidos se conociese en profundidad el trato que seguían recibiendo estos ciudadanos en muchos lugares del Sur. El director inglés, Steve McQueen, sobre el que ya os hablamos en profundidad en el artículo ‘McQueen y la brutalidad del cine‘, decidió llevar esta historia a la pantalla.

Con un reparto de nombres no muy conocidos, salvo un par, pero que garantizaban la calidad de las interpretaciones, y su habitual director de fotografía Sean Bobbitt, el tercer experimento de McQueen partía como una de las favoritas a convertirse en una de las películas del año. Pero lo primero que viene a la mente cuando uno acaba de ver 12 años de esclavitud es por qué Steve McQueen nos ha ofrecido una obra tan limitada al lado de sus anteriores trabajos. Quizá lo mejor es pensar que esto sólo ha sido un tropiezo en su carrera. Tropiezo que de momento ya le ha valido el Globo de Oro a Mejor Película Dramática, el premio a Mejor Director del  New York Film Critics Circle, o el de Mejor Película en el Festival de Toronto, además de otros tantos y unas cuantas nominaciones. Premios que suelen ser la antesala del Oscar. Todo eso junto a una línea ininterrumpida de verdes en Filmaffinity, y de sobresalientes en las críticas de todo el mundo. Aquí no vamos a hacer recopilación de halagos, puesto que estos 12 años sólo me dejan tristeza cuando aparecen los títulos de crédito, desolada al ver que las esperanzas puestas en las manos hábiles de McQueen se han venido abajo. Al ver que se ha desperdiciado una buena oportunidad de retratar uno de los períodos oscuros de la historia de la humanidad, y de anotarse una victoria contra el racismo gracias a la adaptación de este relato de indudable valor histórico, arrojando luz sobre personajes como Edwin Epps (Michael Fassbender en la cinta), al que todavía se recuerda con pavor en las tierras pantanosas de Nueva Orleans.

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Pero esta adaptación fracasa al intentar convertirse en una obra épica. No sabemos qué le pasó por la cabeza a John Ridley mientras escribía el guión, pero quizá McQueen debería haber seguido con la fórmula que le había funcionado hasta entonces, escribiéndolo o co-escribiéndolo él mismo. Porque donde antes todo encajaba con un ritmo pausado, milimetrado con la narración visual, en 12 años nos perdemos en cortes de edición, escenas que parecen inconexas, fundidos a negro, y en un período de tiempo del que nunca llegamos a saber si han pasado días, semanas, pero raramente sentimos los años a los que hace alusión su título. Título que aparece en un comienzo abrupto, con poca gracia, que nos hace recordar con nostalgia aquellos títulos de Shame (2011), con la música de Harry Escott de fondo, la luz del sol sobre las sábanas azules, y el Fassbender de mirada fija en el metro; mientras nos preguntamos por qué vemos a Chiwetel Ejiofor (Solomon Northup) junto a otros hombres arrancando unas hierbas y de momento saltamos a una cama junto a una mujer, luego otra, o le vemos escribiendo a la luz de una vela. Como hemos leído la historia, y la sinopsis, sabemos que nos están diciendo, por si no nos acordábamos, que él escribe su propia historia. ¿Pero a qué venía ese título con un 12 que parece escrito con Bic rojo?, ¿y por qué Hans Zimmer tiene que intentar perforar nuestros tímpanos para hacernos sentir la tensión? Si esos sentimientos afloran en tu mente y tu estómago en los primeros minutos del filme, estás perdido.

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Tan perdido como los personajes de la primera media hora de película. A Paul Giamatti, si pestañeas te lo pierdes. O al desaprovechado Benedict Cumberbatch, o un pobre Paul Dano que interpreta una canción racista para hacernos pensar: “Éste sí. Éste va a ser el “malo” definitivo”. Pero mientras tu mente digiere la letra y una pelea ridícula con Ejiofor — que se repetirá con Fassbender —, Dano ha desaparecido. Literalmente. Como la majestuosa Alfre Woodard. Comprendemos que contar 12 años en dos horas y cuarto no es fácil, pero hay una diferencia entre la elipsis sutil y estas desapariciones inexplicables. Quizá hubiera sido más conveniente, viendo los minutos que se le dedica más tarde, centrar la trama desde su inicio en el más célebre pasaje de la vida de esclavo de Northup: los años en la plantación de Edwin Epps.

Cuando el señor y la señora Epps aparecen en pantalla, sientes el alivio de que McQueen habrá dejado que Michael Fassbender y Sarah Paulson se luzcan. Porque además las reacciones a las primeras proyecciones de la película, en Telluride y Toronto, alababan la tensión entre estos dos personajes y el de la esclava Patsey, interpretado por la debutante y sorprendente Lupita Nyong’o. Incluso se comparaba la relación de esta última con Epps, a la de los personajes de Ralph Fiennes y Embeth Davidtz en La lista de Schindler (1993). Aquel dúo con un Fiennes repulsivo pero hipnotizador, y una Davidtz entregada a su papel, era la gema del filme. Una especie de romance malsano que nos removía las entrañas a la vez que nos hacía sentir curiosidad por los intercambios magistrales de miradas. Fassbender no está por debajo del gran Fiennes, y ambos comparten esos fríos ojos azules con los que son capaces de ganarse la compasión del público o la repulsión, y saben brillar en papeles desagradables con los que otros actores no se atreverían. Aunque en las dos películas se ha tratado de humanizar a dos personajes terribles de la historia como fueron Goeth y Epps, respectivamente, el problema de 12 años es que Fassbender no cuenta con el material con el que sí contaba Fiennes.

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Epps resulta absurdo. Northup le describió como un tipo infame, borracho, que liberaba sus demonios en sus esclavos. Por ello esperábamos un retrato psicológico de este loco digno de McQueen, pero sólo nos ofrece a un Epps caricaturesco, al que ni Fassbender, con su indudable talento, puede salvar, pues se tambalea como los pasos del esclavista bajo los efectos del alcohol. McQueen sólo consigue inquietarnos con Epps en un par de escenas con Patsey. La forma en la que Fassbender posa sus manos sobre Nyong’o, marcándola como su posesión, hace que le temamos. De hecho, el papel de Patsey y el trabajo de la actriz, es de lo más destacable de la cinta. Sus escenas junto a Epps son las más remarcables, al igual que la confesión a media noche o la despedida entre ella y Northup.

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Hablando de Ejiofor, es difícil que nos conmueva un hombre que parece un espíritu errante. La falta de recuerdos de su tierra y su familia es uno de los grandes fallos. Aunque las comparaciones son odiosas, buen uso hizo de ese recurso Tarantino con un Django cuya visión del rostro de Hildi le daba fuerzas para seguir adelante. O la mirada desoladora del sublime James McAvoy de Atonement (2007) recordando a Cecilia. Pero el Solomon que vemos en 12 años bien podría haber estado soltero. Para lucimiento de Ejiofor sólo nos quedan un par de escenas, la tortura cuando cuelga del suelo, o cuando entierran a uno de sus compañeros y le vemos quebrarse ante la cámara. Pero ni siquiera esa última escena llega a tener la carga emocional que sí tenía en Shame cuando Fassbender rompía a llorar en el muelle. Y si aquella funcionaba, y ésta no, era porque el recorrido emocional que habíamos realizado junto al personaje nos hacía partícipes de su desgracia. Como cuando veíamos agonizar, impotentes, a Bobby Sands en Hunger (2008), sabiendo que aquella muerte fue real. Pero aquí es difícil ser partícipes de algo presentado de una forma tan vacua. Esperamos que tras la resaca de premios — que al menos sirva para que la gente conozca la historia de Northup y a la prometedora Nyong’o — que McQueen se tome ese descanso del que hablaba en las entrevistas para volver a su estado de gracia como retratista de forma aséptica y dolorosa de las bajezas del ser humano. Porque nos gusta que nos haga sufrir con su cine, pero que al menos el sufrimiento valga la pena.

  • Fotografía

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  • Banda Sonora

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  • Interpretaciones

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  • Diálogos

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2.5
Rating Puntuación Final

(no es la media)

Sobre El Autor

Encargada de adentrarnos en la psique de los cineastas malditos y fundadores de la Nouvelle Vague, también nos acerca a la música de influencia británica y francesa. Soñadora, rebelde y decadentista, es un hervidero de citas y referencias.

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