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El cine de Terry Gilliam ha sufrido una transformación considerable desde la que la mayor parte del público considera su época dorada. Los días de los Python bien lejos están de las últimas y discutibles creaciones del director, que ha presentado en el Festival de Sitges su última película, The Zero Theorem. Siguiendo el camino estético de anteriores films como Tideland (2005) o El imaginario del Doctor Parnasus (2009), de colorido chillón y profundidad de viñeta pop, Gilliam vuelve a preguntarse casi dos décadas después, cuál es el verdadero sentido de la vida.

Habiendo sido siempre acusado de mantener en sus historias un tedioso ritmo, la pretensión de encontrar una respuesta a la gran incógnita filosófica en menos de dos horas de discurso visual debe desaparecer a un lado y otro de la pantalla. Ambientado en el futuro distópico de cualquier metrópoli, The Zero Theorem hace su entrada con una retahíla de gags que nos dejan claro que ésta es otra de esas películas de crítica hacia el social network y el establishment, propuesta amilanada en este caso por las pocas innovaciones que trae al género, y que desgraciadamente no aportan mucho más que color y neones con tecnología led al pasado planteamiento de su Brazil (1985).

Cristopher Waltz interpreta a Qohen Leth, un peón más de una gran corporación que ve pasar la vida con un terrible abismo existencial en sus entrañas. La identificación del personaje principal con el gran público es totalmente consciente, así como su historia personal será un pretexto formado a medias que servirá como camino para el supuesto descubrimiento final de la gran verdad. Las mecánicas reconocibles de los personajes atrapados en una vida reglada y supervisada por los altos poderes recuerdan a Black Mirror, salvando las distancias y siendo ínfimamente reflexivo si lo comparamos con carga filosófica de un producto televisivo que en un formato menor muestra el suficiente coraje innovador que esta vez le ha faltado a Gilliam. Qohen, se ve inmerso en un proyecto que pretende lograr una ecuación que determine que el todo es nada, o lo que es lo mismo, que la existencia no tiene ninguna razón de ser, cuyo diseño es resuelto con un software naif al estilo de un Minecraft matemático. El encierro laboral con el objetivo de la búsqueda del vacío se verá interrumpido por personajes secundarios cuya integración en la trama es enormemente necesaria, aunque sea por rellenar con su presencia parte de la pantalla en momentos en los que el pobre Waltz no tiene más salida que abrir su puerta para que el aire fresco vuelva a las secuencias.

gilliam

Cabe destacar cierto simbolismo que trasluce entre las caracterizaciones imposibles con las que Gilliam transforma a su elenco, pues si en el cine del director se ha comprobado que la carga visual está llamada a ser uno de los puntos fuertes de sus historias, y siendo ya conocedores de su favoritismo por el nudo, estamos obligados a estar atentos a cada particularidad. Es entonces cuando el trasfondo filosófico sale de la trama y se posa sobre detalles como el molesto plural del que hace uso el protagonista al referirse a su primera persona, incógnita puntillosa que queda sin resolver y que puede interpretarse por un intento más de hacer de Qohen una imagen proyectada del espectador, uniéndole a él en cada acto y frase. Pero no es otro sino Waltz el que con una interpretación impecable logra la empatía de un personaje cuadriculado en el exterior -casi tanto como la trama que se repite en sus elementos cercanos, siempre en un alternar de blanco y negro que muestra las dos caras de un individuo social e individual al mismo tiempo. La búsqueda de la gran verdad se lleva a cabo en el templo de las infinitas respuestas, creando una paradoja filosófica que inserta el nihilismo matemático en la casa de la todopoderosa fe, espacio colosal en el que el único rincón útil se encuentra dentro de un ordenador, y que es a su vez equiparable al mundo de inmensos placeres que el exterior ofrece a Qohen, y este rechaza en nombre de una obsesión por un conocimiento superior.

Hay quienes consideran que la relación entre Terry Gilliam y los posibles futuros no es sino el comienzo de una serie de próximas creaciones temáticas en las que podrá volcar todo su barroquismo, pues tal como ha anunciado hoy en el festival, sus películas son productos que intentan retratar el funcionamiento real de la vida, y no es hasta que se acaban que se da cuenta de su equivocación y necesita volverlo a intentar.

2.5
Rating Puntuación Final

(no es la media)

Sobre El Autor

Criada dentro de la lata de sardinas más grande del mundo, nuestra enviada más allá del muro vive por y para el arte. Perseguidora de las últimas tendencias creativas, asegura tener un nombre para cada tono de gris.

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