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Sonaba Blue Moon. Esa frase se convierte en la puerta a los recuerdos, a la ensoñación. Como la fragancia o la melodía que nos trae a la memoria esa sensación cálida y apacible que experimentamos cuando decimos “me siento como en casa”. Cada vez que esa frase sale de los labios del personaje que interpreta de forma colosal Cate Blanchett, y escuchamos tenuemente las dulces notas del clásico de fondo, su mirada de plenitud, de añoranza, con un rayo de felicidad iluminando sus brillantes ojos azules, nos creemos que debe existir un lugar único, mágico, en el que suene Blue Moon. Una especie de paraíso en el que sonó, y donde Jasmine lo tenía todo. Y así era: la casa en el Upper East Side de Nueva York, la mansión para veranear en Los Hamptons, los criados, la ropa elegante, el marido inversor (Alec Baldwin), de cuyos negocios ella no sabía nada — como toda buena mujer de hombre de negocios fraudulentos, desde Ruth Madoff a personalidades de nuestro país —, los viajes por Europa, los coches, las amistades selectas.

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Woody Allen aprovecha la crisis financiera mundial para jugar a ser Dios, coger a una mujer como ésa y desproveerla de su status. Se queda sin dinero y sin marido. El Gobierno se lo lleva todo. Menos sus bolsas de viaje de Louis Vuitton y un par de trajes de grandes diseñadores, como el Chanel del que nunca se separa. La situación no podría ser más terrible. Es la caída desde el Olimpo a la tierra de los pobres mortales, con sus trabajos precarios, sus barrios vulgares, sus vestimentas horteras, y sus bebidas poco sofisticadas. Obligada por las circunstancias tiene que dejar Nueva York y volar hasta San Francisco. En primera clase, porque una todavía conserva la dignidad. En la costa oeste la espera su hermana Ginger (Sally Hawkins). Una más de esos mortales, que vive con los dos hijos de su fracasado matrimonio en el apartamento de un barrio obrero, donde de forma temporal tendrá que quedarse Jasmine, hasta que pueda volver a subsistir por sí misma. Y cuanto más temporal sea mejor, pues el novio de Ginger, Chili (Bobby Cannavale) iba a mudarse con su hermana antes de la irrupción de la endeudada Jasmine en sus vidas. Las dos hermanas son dos polos opuestos. Fueron adoptadas por sus padres, y Jasmine – nacida Jeanette, decidió cambiar su nombre – siempre destacó. Una especie de Betty Francis Draper de Mad Men: rubia de ojos azules, superficial, espabilada, y estudiante de Antropología. Carrera que Jasmine, al contrario que el personaje de January Jones, dejó a mitad. Pero sus aspiraciones la llevaron a conseguir la vida para la que siempre consideró que estaba hecha, casándose con un hombre millonario. Mientras que Ginger, menos agraciada, ha acabado por trabajar en un supermercado, y rodeada de perdedores.

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Con todo, nos encontraríamos ante una historia más sobre la caída en la ruina, sino fuera porque la cadena de acontecimientos trágicos en la vida de Jasmine la han llevado a la locura. Sin paliativos. La vemos divagar, recordar, balbucear en voz alta mientras toma las pastillas recomendadas por el médico para sus crisis, el Xanax que mezcla con vodka. Muchos Martinis pasan por sus manos temblorosas, mientras vemos que su mirada es la de una mujer perdida. Jasmine se ve forzada a reinventarse a sí misma, a adaptarse a una vida indeseable, a buscar un trabajo, a vivir como nunca antes había imaginado tener que hacerlo, con una hermana a la que no tenía mucho aprecio y su pareja. Si esta situación, quitando la crisis de por medio, les suena de algo, es porque parece ser que Allen nos ha vuelto a vender – como ya hizo con Match Point (2005) y Crimen y Castigo de Dostoievski – una libre adaptación alleniana de un clásico. En este caso se trata de la obra de Tennessee Williams, Un tranvía llamado Deseo. Se hace un flaco favor a sí mismo, este director, con estos semi plagios de clásicos, pues no dudamos, de hecho sabemos, que es capaz de crear grandes historias, y nos distrae vagamente el hecho de sentir que estamos viendo la adaptación de otra obra. Es inevitable pensar durante su visionado en las grandes similitudes entre Jasmine y Blanche DuBois, su protagonista, a la que inmortalizó Vivien Leigh en 1951, en la adaptación cinematográfica de Elia Kazan. La verdad es que Allen tampoco ha escondido demasiado este hecho, pues reconoció que haber visto a Blanchett interpretar el papel en el teatro le impulsó a crear esta historia con la australiana como eje central. También hay coincidencias entre obra y película en la relación de ambas mujeres, Jasmine  y DuBois, con el novio de la hermana, que recuerda al famoso Stanley Kowalski al que puso rostro en la adaptación de Kazan, Marlon Brando, en un papel para la historia; o la aparición de un pretendiente y falsas esperanzas en la vida de la mentalmente frágil DuBois. Rompiendo una lanza a favor de Allen, hay que decir que a pesar de este recurso, Blue Jasmine tiene la suficiente fuerza para existir por sí misma, en gran parte gracias al gran trabajo de su actriz protagonista, y por la revisión de aquel clásico actualizándolo al mundo del capitalismo, a sus verdugos y sus víctimas.

El mundo de Jasmine, el nuevo, no el que perdió en Nueva York, comienza a desmoronarse a su alrededor a pesar de sus esfuerzos. Y es que aunque inicialmente muestra reticencia, Jasmine acaba encontrando un trabajo del que tendrá que escapar tras una experiencia tan previsible, por la forma en la que Allen nos va acercando a ella, como desagradable. Michael Stuhlbarg y Blanchett interpretan una escena que ocurre ante nuestros ojos como un desarrollo normal de los hechos, y ante cuya normalidad nos sentimos aún más consternados, pues no será la primera ni la última vez que oímos hablar de un episodio así. La forma en la que Blanchett tiembla, su impotencia y congoja, la sentimos como nuestra. Tras el episodio traumático, Allen nos ofrece un atisbo de esperanza. La luz al final del túnel. Jasmine acude a una fiesta acompañada por su hermana, donde ambas conocen a dos hombres que parece que traerán algo de paz a sus vidas.

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Peter Sarsgaard interpreta con galantería y convicción al pretendiente de Blanchett, un hombre que, atraído por su elegancia y belleza, podría devolverle la vida que tanto anhela recuperar. Por supuesto, ella hará todo lo posible por no dejar escapar la oportunidad. La ilusión con la que afronta este giro, nos contagia también a nosotros. Cuando espera su llamada, para concertar la primera cita, la esperamos junto a Jasmine, y cuando la vemos desbordada por la emoción contenida, con lágrimas de alegría, suspiramos, nos sentimos aliviados al pensar que podrá volver a ser la Jasmine que ella sueña ser. Es ese momento de la película en el que te das cuenta que Allen, ayudado por la increíble Blanchett, nos tiene donde quería tenernos. Pues un personaje tan superficial y frívolo como el que nos ha estado retratando, mediante los flashbacks con los que recuerda sus días de gloria en Nueva York, y su comportamiento altivo en San Francisco, nos ha llegado al alma. Y es que es difícil no sufrir viendo los ojos rojos, los temblores, la desesperación en el rostro de Blanchett.

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Tan difícil como desprenderse del aire gris, tristemente siniestro, que acompaña al personaje. Sabemos que las mentiras compulsivas, el alcohol, las pastillas, no van a reportar ningún beneficio a Jasmine. Todo el rato sentimos caminar sobre la cuerda floja, con el miedo de que en cualquier momento veremos a Blanchett derrumbarse del todo, pues cada vez la pérdida de contacto con la realidad se hace más manifiesta. Por todo ello, Allen vuelve a ofrecernos una película más que correcta, que se convierte en una pieza inolvidable gracias a la construcción de un personaje tan brillante, y a la interpretación magistral de Blanchett. Con el aire de los grandes personajes femeninos de los clásicos de la literatura y el cine, Woody Allen nos regala a esta Jasmine, como ya hizo con otro de sus grandes personajes, la Marion de Gena Rowlands en Otra Mujer (1988). Y es que aunque sea la comedia el género con el que mayor reconocimiento popular ha conseguido, cuando Allen se mete en el drama, lo hace hasta lo más profundo del corazón. La misma desesperanza que sentíamos en el final de aquella, la sentimos con el final de ésta. Al menos siempre nos quedará Blue Moon, para recordar días felices.

  • Fotografía

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  • Originalidad

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  • Banda Sonora

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  • Interpretaciones

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  • Diálogos

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3.5
Rating Puntuación Final

(no es la media)

Sobre El Autor

Encargada de adentrarnos en la psique de los cineastas malditos y fundadores de la Nouvelle Vague, también nos acerca a la música de influencia británica y francesa. Soñadora, rebelde y decadentista, es un hervidero de citas y referencias.

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